Get Adobe Flash player

VIAJE AL CASTILLO DE MONTSEGÚR

 

Último baluarte Cátaro en tierra de Francia

 

 

Antes el mes de mayo del 1988 nada, verdaderamente nada, conocía de los Cátaros, solamente había leído algo, no más que el nombre y pocas referencias en algún libro y que se era quedado letra muerta.

Cierto día, tramite amigos comunes, conocí una señora, la que estaba organizando un viaje, en los Pirineos franceses, al castillo de Montsegúr, pasado a la historia como símbolo del masacre del pueblo Cátaro. Había picado mi curiosidad, y por encima de todo mi deseo de aventuras, de algo de imprevisible que sacudiese el fluir sereno de la vida familiar, al cual sin embargo un relámpago de novedad, de vivacidad, no habría hecho otro que bien.

Así había decidido agregarme, a ciegas, como se dice, me era parecida una óptima oportunidad de evasión, divertido, y también ligeramente misterioso, unas pequeñas vacaciones de la familia aunque sea de dos o tres días...

Mi marido intentó disuadirme, pero yo fui inamovible en mí determinación, por lo tanto en el último momento decidió acompañarme, empujado por la escasa confianza que el grupo le había inspirado, y que lo había comparado a la armada Brancaleone a las cruzadas de cinematográfica memoria.

Ya la salida, la tarde de uno viernes del mes de junio, fue el pródromo de la aventura: salimos en el nuestro coche, nada más que una pequeña automóvil de serie, con a bordo las nuestras tres perritas, dos de talla pequeña y la tercera uno perro pastor de más de treinta kilos, para hacer un viaje de uno week end de más de 900 kilómetros a la ida y los mismos a la vuelta, ¡era una pura locura!

El coche de los otros “locos” era más fuerte que el nuestro, nos costó mucha fatiga seguir o por lo menos mantener el contacto visual hasta el termine del territorio italiano, después había flechado en la autopista y nosotros habíamos quedado atrás, quitándonos de encima el estrés de aquella persecución que podía hacerse también peligroso. Afortunadamente teníamos los mapas, y seguramente habríamos encontrado los otros al castillo de Montsegúr la mañana siguiente después de haber viajado para toda la noche.

 

La mañana del sábado, temprano, llegamos a las proximidades de Montsegúr, y en un delicioso pueblecito, Belesta, estaban abriendo las tiendas así habíamos comprado algo para comer: pan, camembert, y brioches para nos otros y algunas latas de carne para las perritas. La baguette, recién deshornada, la comíamos toda, sin probar otros bocados, mientras estuvimos recorriendo el camino, y llegados al aparcamiento bajo el Pog, no nos quedaba otro que hacer el café para completar el desayuno. Lo necesario lo teníamos en el maletero: el hornillo de gas, cafetera, café y otro más y quien sabe para cual inspiración mi marido había querido tomarlo en el castillo, quizá habríamos encontrado los nuestros compañeros probablemente llegados antes de nos otros! Y se puso una mochila con todo el necesario, además de una botella de agua, azúcar, tazas y mucho otro. Se puso también un gorro con estampado en adelante su primero nombre de bautizo, dono de un amigo; no solo, sino también en la pradera, decida de los Quemados, adonde inicia la subida, tropecé con un largo bastón una verdadera pértiga que yo había recogido y donado a mi compañero, sabiendo que le gusta usarlo en las marchas de montaña.

La subida es muy empinada y para mí fue también muy pesada; la perritas, en cambio, corrían de un lado a otro, felices, se lanzaban en adelante y se paraban esperando nos cuando las llamábamos, a el castillo, que no es más que una ruina, llegamos unas horas más tardes, alrededor de las ocho.

 No había a nadie dentro del castillo, pero alguien había ya estado allí; apenas superado el portal principal, decido el del sol, notamos grabados en la tierra batida aún mojada por el rocío de la noche algunos símbolos geométricos, perfectos, nadie los había pisados; habíamos reconocido de los pentáculos, círculos con insertados flores a cuatros pétalos, que después descubrimos ser la cruz occitana y otros signos sobrepuestos e indescifrables. Al lado había una roca pequeña escuadrada, lijada y llana, parecía una pequeña mesita, y mi marido pensó de hacer allí el café, empezando todos rituales para la tarea, pero ay de mí, corría mucho viento, y por lo tanto el fuego se apagaba. Yo me asombré de que él hubiera elegido aquel sitio porque, habitualmente busca un lugar al resguardo del viento y si no lo hay, construye al rededor del hornillo una pequeña nuraga de piedras para proteger la llama. Esta vez había hecho todo el contrario a lo que, para mantener viva la llama, yo estaba prácticamente pegada al hornillo, imprudentemente, con el anorak de tejido sintético que llevaba!

 

Por fin el café se era preparado y nosotros los tomábamos con mucho gusto; entretanto otras personas extranjeras habían llegado al castillo y me parecía que miraban con ojeadas torvas a nosotros y las perritas que correteaban libres y cuando bajamos vimos un letrero: “Prohibido encender fuegos en el castillo, y perros atados”. Obviamente, si lo habríamos visto antes, nos seriamos comportados de toda otra manera. Todo el día de sábado la trascurrimos allí, a los pies del castillo en la espera de los compañeros los cuales tenían la dirección de la casa rural reservada y que nosotros no teníamos... A el acercarse de la tarde, confiando en Dios, nos erábamos dirigidos a un grande camping en las cercanías y así descubrimos que Francia es el paraíso del perro; ¡a Italia, con tres perros, a pesar de todos los certificados sanitarios, no nos habrían permitido bajar da el coche y allí en cambio desfrutamos de un confortable bungalow!

 

Hasta el mediodía del domingo nada habíamos sabido de lo que era pasado a los otros compañeros de viaje; nadie había el móvil y no había tenido posibilidades de informarnos de que su coche se era parado a causa de una avería; para kilómetros y kilómetros habíamos perseguido otra de mismo modelo y de mismo color, hasta que había desaparecido y nosotros creíamos que era la de ellos lanzada a una velocidad que no podíamos alcanzar.

 

 Supimos después que la avería era una poquedad y que se podía ponerle un parche, por lo menos mi marido habría sido en grado de hacerlo, pero entre aquellos ocupantes, nadie entendía de mecánica de automóvil, así que, con peripecias, nerviosismos, recriminaciones reciprocas, eran regresados a sus casas a Milano el domingo por la mañana.

 

Seguro es que habiendo querido aventuras, las había conseguidas y me seria alcanzada para un tiempo.

¡Dos mil kilómetros en tres días, con ansiedades, fatigas físicas y psicológicas, estrés, gasto de dinero, casi de comprometer el balance familiar, por beber un café en una ruina... seria estado demasiado también para un viajero “extremo”!

A pesar de ello la habíamos tomada bien; más bien fuimos a Rennes-les-Chateaux, una aldea de montaña donde el tiempo parecía se fuese parado, pasado a las crónicas para las vicisitudes del su cura el abbé Sauniére y el su tesoro. Hay allí una tienda bien surtida de libros históricos y esotéricos  editados en más lenguas, meta de todos los turistas europeos en aquella región de Francia y nosotros queríamos procurarnos algún libro sobre los Cátaros, solo para no ser llegados hasta allí para nada, pero en Italiano no encontramos nada y entonces había tomado el más pequeño en Francés, lengua en la cual había dado un examen en la universidad hace 30 años y que no había más practicado; quien sabe si fuese estada en grado de leer....

 

No sé si por unos mecanismos psicológicos de auto compensación, por un consuelo reparador o por una inspiración guiada por el Cielo, mi marido, mientras conducía el coche en el camino de regreso hacia Italia, había tenido la percepción de haber hecho, inconscientemente, un rito sobre aquella piedra, sobre aquellos dibujos en la tierra batida, el haber encendido el fuego y que por lo tanto el café fue solamente un pretexto para hacer aquellos actos... Erábamos muertos de cansancio, confusos, teníamos necesidad de repensar con calma en esta experiencia y nos decimos que las cosas eran idas como tenían que ir...

 

Por mi parte había empezado a leer el libro, y no había encontrado ninguna dificultad, lo había traducido cómodamente, más bien había representado el inicio de una grande pasión la que habría comportado una búsqueda cultural y espiritual al mismo tiempo; una necesidad de autoconocimiento y auto reconocimiento, que en los meses siguientes habrían encontrado sus caminos de manifestación.

 

Había aprendido que muchos investigadores del Cátarismo consideran que el Castillo fue en origen, más antes que fuera restaurado y utilizado por los Cátaros (1200 d.C.) un Templo Solar de civilizaciones de la edad de bronce o de épocas aún precedentes y por lo tanto un lugar sacro por milenios antes de ellos. En aquel tiempo el castillo ya estaba abandonado por centenas de años y fueron los Cátaros mismos a financiar la remodelación a fin de que fuese el último lugar de refugio para los Perfectos y los creyentes perseguidos por la Cruzada y la Inquisición y la hoguera del 1244 y la suya destrucción, prácticamente marcaron el fin de aquella religión.

Si también fuera un oppidum romano, como supuesto por algunos investigadores, por lo menos remontaba a 1200 1300 años antes, visto que la conquista romana de aquella zona pasó en el 58 a.C.

 

Por asociación de ideas, me vinieron a la memoria los cultos del Dios Sol de la antigüedad oriental y también romana, o sea a MITRA, reminiscencias de una visita a un mitreo, templo dedicado a el culto de Mitra, que habíamos visitado unos años atrás en Roma bajo la iglesia de Santa Prisca, en seguida leí un libro sobre el argumento y que, al regreso de Montsegúr, me era sentida interiormente empujada a tomar en las manos y a releer. (Mitra, un antico mito tra religione e astrologia de A. Von Prónay, edic. Convivio)

 

En el rito mitraíco persa, la comida sacra era constituida por el pan y de una bebida compuesta por el zumo de Haoma, un alcaloide la cuya planta crecía en los altiplanos iranios; en Roma por el vino y en las otras partes del Imperio por la bebida local más simbólica.

Nosotros, precisamente en los últimos kilómetros habíamos comido una entera barra de pan; la bebida de la nuestra comida fue el café, que también contiene alcaloides...

 

Reconocer el mí compañero como MILES, o sea el tercero grado de las iniciaciones mitraícas, fue por fin demasiado fácil:

“El soldado o el combatiente que, demostrando obediencia, fidelidad y valentía para el su dios, estaba listo a la lucha y a el servicio. En las circunstancias solemnes, el combatiente tenía que asistir el LEON, su directo superior y primero oficial de la jerarquía. Los suyos atributos eran la lanza el yelmo y la mochila, la cual no contenía objetos de uso personal, más bien todo el peso de la responsabilidad que el soldado se asumía en nombre de la fe para el su dios y para los sus compañeros...

El LEON era un oficial de rango, participaba a todos los ritos de los cuales conocía el significado profundo y era así denominado porque el león, como animal solar, era símbolo de SOL-MITRA. Los iniciados a este grado eran encargados de no dejar apagar jamás la llama de los altares del templo y la suya iniciación y el suyo servicio eran atados a pruebas de valentía... Uno de los emblemas del LEÓN era el sistro un cascabel relacionado a la Diosa Isis, con el cual se creaba un sonido particular durante las procesiones, particularmente en los ambientes subterráneos...”

 

Mi marido llevaba los tres símbolos: el gorro como yelmo, el largo bastón como lanza y inconfundiblemente, la mochila. ¡Yo que había cuidado el fuego, nací también bajo el signo del León! ¡Si todavía tendríamos dudas, los habríamos quitado de mente en razón del sistro: pues bien, incluso esto había habido!

La nuestra perrita negra Iside (!) llevaba, hasta el nacimiento, atado a el collar una campanilla para la pesca nocturna porque, siempre corriendo como un galgo, especialmente la tarde era imposible ver donde iría, así tuvimos que ayudarse con el sonido para evitar el peligro que se perdiese... Y ella también astrológicamente era un León.

Su campanilla había resonado por todas partes, da la Pradera de los Quemados, a la subida del monte sagrado, en el castillo en cada rincón adentro y fuera, adonde ningún ser humano habría llegado porque ella era vivaz de manera exuberante muy curiosa y hacía lo que querría. Y de hecho mientras yo cuidaba la llama por el afamado café, mi marido se era estresado no poco en perseguir las perritas volviendo a llamarlas, en particular Iside que era la más temeraria.

 

Lo que habíamos aprendido da la segunda lectura del libro nos había entusiasmados; éramos en grado de entender y dar significado y valor a lo que habíamos hecho del todo inconscientemente.

Nos había guiado hasta allí una Energía Superior que, trámite nosotros, había querido manifestarse, tomar o retomar posesión de aquel lugar, como si debía ser purificado de una conmistión usurpadora o, nada menos querría restablecer la verdad de la pertenencia del Cátarismo mismo a aquella corriente espiritual.

La coincidencia del sábado también nos impresionó mucho: día sacro a SATURNO, dios amparador del PATER, máximo cargo religioso del Mitraismo, o sea el 7º grado iniciático. Saturno es el dios de la Edad del Oro... Se era revelado, por lo menos respecto a nosotros, una conexión con la Tradición Primordial, que da miles de años era ocultada, escondida... Quizás había llegado el momento en el cual la suya poderosa energía se reactivase por ser percibida de manera consciente por los seres humanos.

En un numero de la Revista de Antroposofía de algunos años antes había encontrado la reseña del libro “Mitra, il Signore delle Grotte” de R. Merkelbach, edic. ECIG lo cual citaba el pensamiento de Rudolf Steiner sobre esta antigua divinidad. Para él era el dios de la Edad del Oro, el rey la cuya herida había llevado desolación en la Tierra, que yacía durmiendo de eras y eras, pero su despertamiento habría sido cercano...

 

Nos habíamos puesto aún en una cierta atmósfera de exaltación, tengo que decir la verdad: ¿porque propiamente nosotros? ¿Lo que había representado aquella acción mágica en el plan de la Tierra y en el plan cósmico? ¿Lo habríamos sabido un día? ¿O era toda nuestra imaginación? Seguramente es que se rito había verdaderamente habido, había sido evocada una Energía, una Divinidad, la que había querido ser reconocida y había hecho sí que la ritualidad y el su significado simbólico pertenecieran ya a el nuestro experimentado, a la nuestra experiencia y por lo tanto habríamos sido en grado de reconocerla y hacernos conscientes de la nuestra conexión en ella.

 

Después dos meses de cambio de opiniones y de reflexiones de varia natura, tomamos la decisión de volver a Montsegúr en agosto. Esta vez fue verdaderamente pan comido; ante todo teníamos a disposición una auto caravana, pues conocíamos bien la ruta y el lugar, esplendido sea en el paisaje que en la fuerte carga energética. En la tienda de libros de Rennes-les-Chateaux, esta vez había comprado todos los libros en Francés disponibles la cuya lectura, en los meses siguientes, me habría dado el estímulo para investigar el Cátarismo tramite comparaciones y síntesis de la literatura existente, pero ante todo despertando en mí un conocimiento interior hasta aquel momento completamente desconocido.

 

Hasta el 2005 volvimos cada año a Montsegúr; se era convertida en nuestra meta de búsqueda y de vacaciones; en la realidad aquellos lugares históricos eran fuente de energías vitales y de inspiraciones para mí que, entretanto, había iniciado a poner por escrito la trama del recurrido autobiográfico que el encuentro con aquellas sagradas energías había suscitado, al fin de que retomase conocimiento y reconocimiento de mí misma en relación a la historia y a la fe de aquel pueblo mártir.

 

Esta experiencia es condensada en un libro:

“VIAGGIO A MONTSEGUR – Le Guide: I Catari e la loro missione – controstoria di duemila anni di Cristianesimo”

El cual texto, solamente por los capítulos relacionados a el Cátarismo y a la actualidad de su mensaje he divulgado en la mi página web www.albarosa.it