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TESTIMONIOS DE VIDA OBRERA

 

En la que fue llamada

 

LA STALINGRADO DE ITALIA (Sesto san Giovanni – Milano)

 

 

 

 

 

Yo nací en el 1942 y, como natural, he asimilado con la leche materna la atmósfera, los pensamientos, las emociones, el compromiso de vivir de mis padres y del ambiente social de entonces. Mi familia era absolutamente antifascista, socialista y contra la guerra. Los parientes eran todos obreros en las grandes fábricas metalúrgicas de Sesto; mi padre obrero de Iª categoría “obrero experto de mantenimiento” pertenecía a la así llamada “aristocracia obrera”. Me acuerdo que a menudo, de domingo, venía a casa un “guardia” de la Breda en bicicleta a llamarlo porque había necesidad de algún mantenimiento urgente sobre las maquinarias que producían a ciclo continuo.

 

Mi padre había sido, si no precisamente un organizador, sin duda uno de los participantes más activos de las huelgas del 1944, en plena ocupación nazi. De hecho ha sido incluido en la lista negra de los obreros, 153 para la precisión que, algunos días después, en una sola noche, han sido sacados de sus habitaciones y deportados a los campos de exterminio nazi, de los cuales no volvieron más, salvo uno o dos. El destino de mi padre fue en cambio de escaparse a aquella deportación, por caso, por suerte, por protección de su Ángel de la Guarda, para los que creen. Y esta es la crónica del acontecimiento como me ha sido siempre narrada.

 

 

 

Aquella noche mis padres habían trascurrido la tarde en nuestra casa con los vecinos escuchando Radio Londres, lo que era considerado por el régimen fascista un grave delito contra el Estado. Cuando se fueron a la cama, mi padre se durmió profundamente, así que cuando algunas horas después, los Nazi-fascistas empezaron a pegar con los fusiles en la puerta de casa tan fuerte que, de las dos cerraduras una se había caído. Mi madre había estado todo el tiempo atrás de la puerta, se había apartado solamente pocos segundos para fajarme la boca para impedirme de llorar o toser; yo tenía un año y siete meses.

 

Los vecinos interrogados brutalmente por las milicias nazi-fascistas, contestaron que según ellos en casa no había nadie, porque la esposa y la niña se habían alojado no se sabe dónde y que a Alejandro no lo veían jamás, quizá no volvía a la casa ni para dormir. Después de una interminable hora de terror, los Nazi-fascistas se habían ido y enseguida en toda la escalera tuvo inicio la cadena de solidaridad humana para hacer escapar a mi padre.

 

Mientras tanto, en aquel breve lapso de tiempo, vivido como una eternidad, a mi mama se le había encanecido el pelo, de golpe. Una familia del primer piso, que tenía en casa, en secreto, el hijo partisano herido, la habían pasado tan mal que la madre de aquel momento tuve problemas de corazón que no la abandonaron hasta su muerte. Un inquilino de la escalera A miembro del C.L.N. (Comité de Liberación Nacional) de zona había logrado huir en manera rocambolesca. Mi padre también con unas cuerdas se había bajado en el patio de un bloque de pisos adyacente y, de allí a través de toda la organización capilar de la resistencia obrera, había logrado alejarse de Sesto. Mi mama, solamente cuando en el día se había manifestado cierto margen de seguridad fue hecha salir del bloque de pisos conmigo, enrollada como un hatillo, con la bicicleta se había ido a su casa de origen en una aldea de Coloño Monzese.

 

Aquella noche los Nazi-fascistas eran a la búsqueda de mi padre por más de dos horas, porque tenían el nombre de la plaza mas no el numero cívico y por suerte, en vez de iniciar el rastreo casa por casa en nuestro bloque de pisos, habían empezado su búsqueda en los patios medievales vecinos que, en aquel tiempo se abrían en la plaza misma, que eran contiguos el uno a otro y a otro aún. Mi padre nació en uno de estos, precisamente bajo el campanario y por lo tanto era conocido por todos, tenido en cuenta además que allí era precisamente el corazón de la Sesto originaria y las personas que la habitaban eran todas autóctonas; y encima mi familia es séstese por bien ocho generaciones, procedente de la Liguria, así se acuerda.

 

Nadie lo conocía a este Alejandro, nadie había oído hablar de esta persona... A nuestra casa, los Nazi habían llegado por la exacta indicación de un tendero fascista habitante en nuestro mismo patio, que indicó a ellos precisamente el tercer piso de la escalera B que de otra manera no habrían encontrado, dado que era situada en un rincón extremo del patio, casi invisible en la oscuridad de la noche.

 

 

 

Por muchas semanas mi padre no había podido regresar a Sesto, ni tampoco a la fábrica; después fue también enteres del C.L.N., creo, que retomase su puesto de trabajo en la fábrica, porque la vanguardia de la resistencia obrera en Breda había sido descabezada y necesitaba reconstruir a los cuadros directivos. Fue encontrado un modo, quizás con el dinero, no sé bien, de quitarlo de la lista negra de los buscados por el Comando alemán y así pudo retomar su trabajo. Mas el miedo era mucho, cada día habría podido ser el último. Según mi madre, este periodo de continuo terror había desgastado a su marido que se había transformado, se había convertido en un hombre diferente de aquel con el cual ella se había casado.

 

Él había llegado a saber, a través del militar alemán que lo vigilaba en su trabajo con el fusil apuntado para impedir el sabotaje de la producción bélica y entre los dos se había instaurado una aunque débil comunicación, que la lista de los obreros de eliminar la habían hecho los fascistas italianos de la fábrica; los Alemanes, por así decir, habían metido la mano de obra, aunque todo estaba bajo su control militar. Más bien, en particular, había llegado a conocer el nombre de la persona responsable de la redacción de la lista, la misma que el 26 de abril del 1945, (día de la liberación) habría hecho gala de sí entre los antifascistas de izquierda, puro, como hubiese nacido en aquel momento.

 

La experiencia fuertemente dramática y de gran miedo que mi padre había vivido por un tiempo muy largo y el sucesivo desarrollo de los advenimientos de la historia habían seguramente influido sobre su visión del mundo y sus expectativas futuras. No obstante fuese muy cortejado por las organizaciones de izquierda, Partido Socialista, A.N.P.I., C.G.I.L, se retiró a vida privada, no adhirió a nada; de vez en cuando hacía algo de absolutamente imprevisible, a nivel personal, como una extrañeza de comportamiento incomprensible para los otros.

 

Por ejemplo, cuando los fascistas daban un mitin político sin bajar del coche, en la plaza que era presidiada por centenares de guardia civil, los afamados “scelbit”, para evitar que fuesen agredidos por las muchedumbres comunistas, - él, único auditor del mitin - se ponía cruzado de brazos en el medio de la plaza. A las críticas de la gente común contestaba que todos tenían el derecho de hablar; que él jamás se había encontrado bien con el fascismo y para esto había pagado durísimo precio personal; mas que no se encontraba bien con cualquier otra ideología que se hubiera propuesto con la fuerza y la violencia la persecución de los que no estaban de acuerdo. Además era su convicción de que siempre es bueno escuchar el adversario, para tener siempre bajo control la situación.

 

Mi padre no se hacía escudo del grupo o de la muchedumbre y no seguía el comportamiento de masa: cuando lo consideraba oportuno, se ponía en juego personalmente, directamente.

 

Los discursos sobre los asuntos políticos estaban a la orden del día en los años de la posguerra en el ambiente obrero de la entonces Stalingrado de Italia. Hasta el 1948 (yo tenía 6 años) había sido una exaltación, una certeza difundida de que el Frente Popular habría vencido en las elecciones generales y la clase obrera habría ganado el poder... En aquel año, todas las expectativas se habían desplomado y había representado para nosotros los obreros el papel tornasol de nuestra dura, durísima condición de vida que la ideología servía solamente a paliar, o al máximo disfrazar.

 

No sé a quién hubiese votado mi padre en el 1948 y en las elecciones sucesivas, quizá el P.S.I. de Nenni. Siempre decía que nada había cambiado de antes de la guerra y que la resistencia había servido solamente para salvar las fábricas y el capital de los patrones, así como a mantener una plétora de politicastros aprovechadores que nada sabían lo que fuese el trabajo. Según él, los obreros habían perdido por qué las relaciones de fuerza y las condiciones económicas siempre estaban a su grande perjuicio; las decisiones verdaderamente importantes se tomaban en otra parte y nosotros los proletarios hubiéramos sido abalanzados los unos contra los otros matándonos recíprocamente para enriquecer aún más a los patrones y los poderosos de los varios estados.

 

Hoy, después de años y años de haber girado al rededor del problema o de haber visto solamente el aspecto exterior, tengo un conocimiento documentado de aquello que mi padre había advertido instintivamente, en su interior.

 

Él se había quedado muy turbado cuando el soldado alemán que le apuntaba por encima el fusil, un día sin motivo aparente, hablando italiano a duras penas, con las lágrimas en los ojos, dijo de ser él también obrero de Dresda y que había perdido su familia, esposa e hija, bajo los bombardeos  de los aliados. Mi padre siempre me contó, como si fuera una fábula en la cual se habría podido construir a placer el final, que nosotros los trabajadores jamás habríamos tenido que ser enemigos entre sí, al contrario tenemos que comprendernos y ayudarnos recíprocamente porque la vida de uno vale la vida de todos. Nuestros verdaderos enemigos eran y son los patrones y todos los que, nunca trabajando, se enriquecen con la fatiga, el sudor, la sangre, la vida misma de la pobre gente.

 

Alejandro no tenía alguna confianza en los políticos, particularmente en los de la izquierda porque, entre los que hacían carrera en aquel tiempo, había también personajes que, hasta el 24 de abril 1945, se situaban en la otra parte, con el “águila sobre el sombrero”. Lo había dicho públicamente también a los dirigentes del Partido Socialista, pero le habían contestado que el pasado era pasado y que en aquel período aquellas personas, por la experiencia que tenían y las posiciones que ocupaban en el Estado y en la economía, eran útiles y por lo tanto necesitaba congraciarlas.  Había considerado sí mismo un vencido, un perdedor y, cuando en el 1955 perdió también el puesto de trabajo, la situación se precipitó y al sentido de fracaso total social y colectivo, se añadió su fracaso personal, que juntos lo habrían destruido definitivamente.

 

En aquella época, aunque niña, estaba apasionada por los comicios, ¡no perdía uno! En la plaza estaba el estrado fijo popara los comunistas y los socialistas y cuando hablaban sus dirigentes Alberganti, Pajetta, Longo, Parri, Lombardi y otros, mas particularmente los comunistas, la plaza y las calles adyacentes estaban atestadas de banderas rojas flameantes por obreros y obreras vociferantes; los himnos Avanti Popolo, el Internacional, Bella Ciao, resonaban con volumen altísimo ya por horas difundidos por los altavoces en todos los barrios. Un verdadero océano de energía humana. Yo estaba excitadísima, contagiada por esta atmósfera cautivadora y apasionante; estaba todo el tiempo sentada mirando por la ventana como fuese un palco de primera fila en teatro, y quería entender el significado de las cosas que se decían allí. Me hacía explicar por mi padre aquello que no entendía, pero notaba todas las diferencias de lenguaje y de concepto; ciertas afirmaciones correspondían con mis experiencias, otras representaban el mundo por mí desconocido, el ignoto por conocer.

 

Recuerdo un episodio acontecido en el 1952, en ocasión de una campaña electoral, no sé para que: tenía diez años frecuentaba la quinta clase de la escuela primaria.

 

A las seis de la tarde de un día laborable había llegado a hablar un parlamentario democristiano, ya entonces muy poderoso, de la facción de Scelba, un derechista tremendo, en el balcón de nuestro dueño de casa, en el mismo bloque de pisos. Había pocas personas presenciando el mitin, casi todas del barrio y fidelísimas de la parroquia.

 

Por la misma tarde, a las 20,30 un socialista muy conocido habría tenido su mitin y mi tío Luis, último de los hermanos de mi padre electricista profesional en Falk y afiliado al partido, había trabajado desde las 17,30 hasta las 18 más o menos haciendo las conexiones eléctricas y las pruebas de micrófono sobre el palco de las izquierdas, pero cuando el orador democristiano se asomó al balcón dejo su trabajo y se fue.

 

Mi tío que como toda su generación, había sido demasiado pobre para estudiar más allá de las primarias y algunos cursos profesionales, hablaba solamente el dialecto y cuando era forzado a usar su italiano, este era muy “milanesiado” y, también aquella vez no fue refinado en la prueba del micrófono.

 

Pues bien, el democristiano, a título del todo gratuito y absolutamente fuera de lugar, empleó los primeros cinco minutos de su discurso a burlarse de manera sarcástica   ridiculizando a mi tío, delante sus acólitos, dignos de él, por las imprecisiones lingüísticas con las cuales se había expresado.

 

El tío Luis no sabía hablar el italiano, pero el honorable, tanto por decir, tenía solamente que besar la tierra donde el posaba los pies y ahora también tiene que hacerlo, dado que sobre la piel, sobre las privaciones, sobre el sacrificio de la vida misma de hombres idealistas y generosos, ha hecho su linda carrera política en los años sucesivos, pues bien ha llegado precisamente al top y como él toda la clase dirigente de este pobre País.

 

 El tío Luis había sido condecorado con dos medallas de plata; una al mérito militar  por manos del mismo Mussolini porque en ocasión del torpedeo del barco en el cual estaba embarcado, él solo salvó la vida a muchos compañeros y al comandante mismo del barco: era muy joven, entraba en quintas. En el 1943 desertó la Marina Militar y se fue en montaña haciendo el partisano; se hizo comandante de Guerrilla Mateotti; después a Sesto, en los últimos meses de guerra había realizado un trabajo clandestino de organización y de conexión. Capturado por los fascistas y Alemanes los últimos días de febrero 1945, encerrado en la cárcel de San Vittore hasta el día de la liberación: hubiese sido fusilado el Iº de mayo. Había sufrido toda clase de torturas; estaba talmente malparado que, cuando llevado en brazos por los compañeros que lo habían sacado de la cárcel con los detenidos políticos, mi madre que lo había encontrado vis-a-vis, no lo reconoció. Le dieron la medalla de plata a la Resistencia.

 

Era modesto, creía haber cumplido solamente su deber para sí, para su familia, su ciudad, su País, su clase social. Había regresado a su banco de trabajo a la Falck y no había aprendido el italiano. Yo, desde entonces, aquel personaje político siempre lo he despreciado como a todos aquellos como él, aunque con el tiempo y la experiencia, lo he agradecido por haberme dado la ocasión de comprender los mecanismos evidentes y ocultos del poder, de la usurpación y del engaño.

 

 

 

 

 

LA FAMILIA, LA PLAZA, EL BARRIO

 

 

 

Mi padre, después de la guerra, habiendo pasado por muchas dificultades y sobre todo a causa de una paliza bestial que había sufrido en el curso de un rastreo, la cual le dejó como consecuencia la grieta de la caja torácica en más puntos, había empezado a enfermarse siempre más frecuentemente y por lo tanto se había convertido en un hombre, una cabeza de familia, un padre a mitad.

 

Aquella vez también su buena estrella le había salvado la vida porque, al momento de la identificación, el jefe patrulla alemán había dado valor, en cierto sentido, al hecho que fuese donador de sangre, documentado por el carnét de socio del AVIS y lo había dejado irse.

 

Había también empezado a beber y la situación en familia se había hecho dramática.

 

 

 

En aquella época los obreros no solamente no percibían el salario los primeros tres días de ausencia por enfermedad, y les deducían el sueldo también en los días siguientes; nada menos, después de cierto número de días de ausencia, los despedían. Mi madre Edvige siempre contó que Alejandro no lograba jamás trabajar un mes entero y estábamos verdaderamente en la miseria. Así a la primera oportunidad, ella retomó su vida de obrera para tener otra fuente de beneficio, por lo menos para no pasar hambre. Trabajó en la cadena de montaje de las bujías de encendido en la Magneti Marelli en Crescenzago.

 

Los primeros años, me acuerdo, iba en bicicleta, siempre con una bata negra; en invierno se envolvía con una grande bufanda de lana hecha por sí misma, así como los guantes de cinco dedos que fueron su especialidad de tejer hasta los 80 años. Después hubo un bus que de Sesto llevaba las obreras, todas mujeres, en Crescenzago, así por lo menos no sufrían más el frío.

 

Ella comía en el comedor laboral llamado “el cagnatt”. Era un caballo de buena boca y no se quejaba jamás; más bien se consideraba afortunada porque la comida buena o mala se la comía ella, mientras muchas de sus compañeras, en particular las meridionales y las vénetas que habían empezado a llegar a Lombardía pocas por vez, comían en el comedor pan mojado en el agua de nabizas que traían a la casa en la “schiscetta” (la bianda), que después llenaban con la comida de el “cagnat” con la cual nutrían o enriquecían un poquito la cena de sus niños por la tarde.

 

Mi padre, al contrario, afuera de su casa no comía para nada, ni en el comedor laboral, ni en cualquier fonda, ni en casa de nadie. Él, en menos de una hora de pausa, hacía ida y vuelta con la bicicleta; estaba sentado en la mesa de casa más o menos diez minutos para comer los restos de la cena del día antes: un par de panecillos con la corteza de queso, una loncha de salchichón rancio, el plato de sopa recalentado; quizás a veces un huevo con mantequilla. La comida era siempre moderada, escasa y no quedaba jamás nada, pero el encontraba siempre el modo de utilizar aún algo.

 

 

 

Mi madre era anticomunista visceral hasta cuando había presenciado un mitin de Nilde Iotti al final de la guerra. Hasta que vivió en lucidez, Edvige, siempre se refirió a ella con un término colorado, pero irrepetible en cuanto, habiéndose unid con un hombre casado, para justificar a sí misma, había hablado contra la familia tradicional; diciendo que las mujeres, en el nuevo orden post-bélico propuesto por los comunistas, tendrían que irse todas a la fábrica a trabajar; comer en los comedores públicos; los niños al jardín de infancia y a las guarderías día y noche. Así había entendido Edvige y por lo tanto, para no votar al Frente Popular, votó para el PSDI de Saragat y, de aquel momento hasta el final de sus días, por los parientes fue apodada con reprobación la “saragatiana”.

 

 A ella los comunistas no le gustaban ni tanto ni poco, y por ningún motivo; no compartía su programa. Su pensamiento era que las mujeres debían dedicarse a su familia haciendo las esposas y las madres, no las obreras explotadas en las fábricas y que los hombres tuvieran un sueldo decente que permitiera ellos mantener dignamente la familia. Ella, pobrecita, vivía precisamente en su propia piel la condición de mujer proletaria que, encuadrada y sobre-explotada en la fábrica, menospreciada y dominada por la necesidad económica y agotada por el cansancio físico y emotivo, veía cada día desmoronar su relación con el marido, el cual había ya sucumbido bajo los golpes devastadores y se había abandonado.

 

 

 

Otra critica que Edvige refería a los comunistas era de hacer muchas chácharas y pocos hechos en los lugares de trabajo; o sea, según ella, con respeto a su experiencia en la fábrica, para cada cuestión grande o pequeña, levantaban una polvareda y parecía que cada vez tuvieran que repetir la Revolución de octubre; luego eran los primeros en acordarse con la Dirección a cambio de quisquillas, en proporción a lo que habían pedido inicialmente. Suscitaban expectativas, ilusiones y frustraciones a los obreros que, según mi madre, no se daban cuenta de ser engañados, más que por la Dirección, por muchos sindicalistas comunistas de la Comisión Interior que, uno a uno, hacían carrera adentro y afuera de la fábrica. En el curso de los años, cuando algunas veces había habido necesidad de la Comisión Interior por motivos de turnos o de salud, se había siempre dirigido a los de la UIL o de la CISL, entonces considerados con desprecio por los rojos “sindicatos amarillos” o pro patronales, porque afrontaban las cuestiones sin instrumentalizaciones políticas, pero de manera técnico-burocrática, y sobretodo no trataban de alistar a nadie forzosamente en sus rangos, como en cambio hacía de manera pesada los de CGIL. Y de hecho jamás se afilió a ningún sindicato y cuando en los años siguientes las empresas, de acuerdo con la Triplice (Triple) (CGIL, CISL, UIL). Ponían los buenos en las nóminas para ingresar como cuota de afiliación a un sindicato a elección, ¡mi mama con estos cheques conformados, pagaba la cuenta del tendero! No se puede precisamente decir que dio contribución al nacimiento, crecimiento y multiplicación de la burocracia sindical que, hoy por hoy, alguna connotación parasítica la manifiesta.

 

 

 

Los así llamados “enemigos de la clase obrera”, o sea los democristianos ante todo, los socialdemócratas de Saragat, los republicanos y los liberales, para los cuales la Sesto de entonces era precisamente un terreno árido, de vez en cuando hacían un mitin, una aparición atropellada. Los oradores de la Democracia Cristiana hablaban por el balcón del dueño del edificio que tenía también una tienda de preparación y venta de comidas preparadas de nivel elevado. Nosotros los obreros, sus inquilinos, no siempre comprábamos en el, solamente el día de paga y seguramente en el periodo de Navidad porque con las 200 horas, nos podíamos dar algunos gustazos: el jamón serrano, el salchichón, algunos quesos de primera calidad en cambio de la habitual mortadela que, con la panceta, el salchichón cocido, la mortadela de hígado, el pie y la oreja de cerdo hervidos, el gorgonzola, el bacalao frito y algo más que constituía la base de nuestras compras gastronómicas para todo el año. En la cooperativa de consumo y al mercado de barrio estos artículos costaban unas liras menos y, aquellos tiempos, una lira tenía su valor: muchas liras ahorradas cada día consentían llegar al final del mes.

 

Los socialdemócratas tenían su mitin por el balcón de otro tendero del edificio un sureño que no hablaba nada con nadie y que mi padre siempre había considerado un fascista de incógnito.

 

Así yo aprendía también la pertenencia social de los habitantes de la plaza y su representación política.

 

 

 

Los obreros del patio eran todos comunistas o socialistas, excepto uno, procedente de la Brianza “paulot” (meapilas) y por lo tanto clasificable entre los “marturot de l'uratori” (los simplones del oratorio), también era una persona absolutamente respetable, más bien con una chance más.

 

A pesar de esto, cuando se había encontrado sin trabajo en un periodo en los años desde el '45 hasta el '48 en el cual las fábricas -en la apariencia- los dirigentes eran o se hacían pasar por filo-comunistas, un obrero activista comunista del patio había hablado en favor de él y se había también comprometido, así que “el businet paulot” encontró pronto otro trabajo. Cuando la situación cambió, tocó a él encontrar un lugar de trabajo para un comunista despedido, garantizar para ello.

 

La solidaridad, más bien la identificación entre los obreros adelantaban cualquiera diferenciación ideológica. Me acuerdo las palabras que oía a menudo por una parte o la otra: “tiene familia, sus hijos no tienen nada que comer, tiene que pagar el alquiler del piso, está desesperado, va a ponerse enfermo, ha empezado en beber...”

 

Poco a poco, pero, se subía social y económicamente, nos desplazábamos a la derecha y, se entraba en la coalición de los enemigos de la clase obrera: los tenderos ante todo, los medios jefecillos, los oficinistas, los “sciuret del brod” (los que querían parecerse más de lo que eran), o sea gente que no era rica; tal vez fatigaba igual que los obreros, pero tenía un decoro, una imagen que defender. El común denominador de este conjunto de personas era el Catolicismo; todos eran parroquianos asiduos y fervientes de la iglesia, a diferencia de los obreros que se mantenían bien lejanos. Ningún obrero varón iba a la iglesia; al contrario cuando participaban a algún funeral o algún matrimonio, esperaban fuera. Mi padre que se murió en el 1958, hacía así; mis tíos que se murieron 20 0 30 años después, siempre hicieron así. Pero las mujeres sus esposas y sus hijas, a menos que no fuesen activistas de partido (pero en mi patio había una solamente de la UDI), todas el domingo iban a la misa y al centro recreativo de la iglesia. Para las elecciones municipales o generales votaban a la izquierda y tal vez se adherían a la CGIL; pero en general, no había ninguna diferencia de comportamiento entre una comunista o una de área católica.

 

Mi madre, más que una ferviente creyente, era una conformista de manera; naturalmente iba a la misa todos los domingos y me llevaba también a mí; en verdad, todas las actividades en el social eran centradas en la parroquia: jardín de infancia, preescolar, centro recreativos estivales, agregaciones familiares y juveniles, ocasiones de diversión y pequeño turismo religioso; ya se organizaban cursos profesionales nocturnos.

 

La existencia era muy dura en los años del posguerra, los obreros en las fábricas metalúrgicas hacían grandes huelgas para arrancar pagas mejores y condiciones de vida y de trabajo más soportables. Me acuerdo que un año las huelgas siguieron adelante a ultranza por muchos meses y se sufría verdaderamente el hambre. Se comía sopa solamente, pan y leche y para muchos solamente una vez al día. En aquellas ocasiones se ponían al descubierto los comerciantes de la plaza.

 

La panadera, una mujer mezquina, soberbia democristiana y católica no querría fiar a sus clientes habituales, por lo tanto una vez, un conjunto de mujeres enfurecidas, entre las cuales mi madre, amenazaron destruirle la tienda si todavía se negaba dar siquiera el pan a crédito a los obreros en huelga. No pude hacer otro que rendirse, pero ella a los obreros los despreciaba y nada hacía para esconderlo.

 

El tendero, en cambio, hacía la afamada libreta; decía que los obreros del barrio le daban la comida todo el año y por lo tanto los sostenía en sus luchas. En efecto, de él se podía comprar a crédito; después cuando se retomaba el trabajo con la paga entera, se escalaba la deuda poco a poco.

 

Nuestro dueño de casa, salchichero también, no molestaba a nadie si no estaba regular con el alquiler del piso; del carnicero no recuerdo nada; ¡él no se enriquecía ciertamente con la carne que compraban las familias obreras! Unas treinta las del bloque con media de dos hijos pequeños; para todo el periodo de guerra, cada año el refugio, que eran los sótanos, acogía un neo miembro: ¡viva la vida!

 

Todos éramos pobres, pobrísimos. Personalmente no me acuerdo de haber ido a la cama con los aguijones del hambre porque un tazón de leche, una escudilla de sopa, un quesito para mí siempre había habido; pero muchas personas del patio, si bien lo tenían escondido por pudor o vergüenza, saltaban muchas de las comidas. Entonces al menos para los niños, los que podían hacían una escudilla más, el resto de algún pequeño panecillo y las ofrecían con aparente indiferencia: “es mi resto lo llevo a ti para no desperdiciarlo...” así por no humillar la persona que lo recibía.

 

No se desperdiciaba nada, nada se tiraba a la basura; la ropa de los niños pasaba a todos en el patio hasta cuando se hacían vestidos para muñecas o muñecas de trapo. Los vestidos de los adultos eran hechos, arreglados, vueltos, pasados a otros; después se convertían en trapos para fregar el suelo, para el polvo, patines, agarradores, relleno para cojines y, cuando como trapos no eran más utilizables, los desechos se entregaban al trapero. En aquel tiempo el costo de la mano de obra era absolutamente irrelevante respecto a la materia prima, en efecto la tela costaba más que el sastre.

 

El papel era un bien muy precioso; para empezar, se utilizaba para defenderse del frío cuando se iba en bicicleta en el invierno. Se ponían las hojas de periódico, dos tres, cuatro, cuantas eran disponibles, entre el jersey de lana y la camisa bajo el mameluco para los hombres, o la bata negra para las mujeres. Cuando se arrugaba o se trituraba, se planchaba con las manos y se la convertía en pedazos cuadrados porque primero se usaba en los servicios; con los fragmentos en cambio se encendía la estufa de leña. Una hoja de periódico era preciosísima tanto que cada media pagina en la cual el verdulero envolvía fruta y verduras, si se fuese mojada, se ponía a secar con cuidado para poder reutilizarla.

 

En aquellos años, en casi todos los patios en el verano, las mujeres hacían las afamadas bolas de papel, ponían en las tinajas para lavar de zinc o de madera, el papel de recuperación a macerar en el agua; después hacían bolas de la dimensión de un pomelo o de un pequeño melón y las dejaban secarse al sol por varios días. Aquellas bolas de papel se quemaban en la estufa para ahorrar un poquito de madera en la media estación. En efecto se empezaba ya en octubre a dar unas “llamadas” a la estufa antes de la noche, pero hasta el día de los Difuntos el carbón no se usaba: costaba demasiado.

 

No obstante las grandes dificultades para vivir, más bien, como contrapeso, como punto de fuerza para reaccionar y mantener su propia dignidad de ser humano, estaba el culto del orden y de la limpieza, el lema que las madres inculcaban a los niños hasta de pequeñillos “peuret ma net” (“pobres pero limpios”).

 

En cada casa del patio, todos los años en primavera, se desmontaban los tubos de la estufa, se limpiaban, se repintaban con la pintura de plata y se guardaban en el desván. A la estufa se hacía la “camisa”, o sea el revestimiento interior de material refractario, así que fuese lista para el otoño; a seguir se encalaban las paredes de la cocina. Cada cuatro o cinco años se llamaba “el lustró” (el pulidor) para lustrar los muebles. Siempre toda la casa por cuanto modesta, debía ser lindísima: las cortinas, las lámparas; las manijas de las puertas de latón debían siempre ser lustrosas y los pisos brillar de cera. La ropa debía siempre estar en orden, limpia y planchada, sin manchas y con todos los botones; los zapatos siempre brillantes, también si a veces necesitaban ser remontadas, mas faltaba el dinero.

 

Las personas ponían mucho compromiso en mantenerse limpias y en orden, teniendo en cuenta que entonces no había todas las comodidades de hoy, más bien aún no imaginaban. Particularmente las mujeres, las madres de familia, eran verdaderas mártires, las que trabajaban en la fábrica, como mi madre y mis tías, incluso doce horas al día y el sábado hasta las 14, en la cadena de montaje, súper explotadas por el destajo con la paga inferior por lo menos de un tercio respecto a la de los hombres en paridad de atribuciones, trascurrían el día y medio de libertad agachadas a la herrada limpiando la ropa de todos los componentes de la familia, los monos de trabajo, los delantales, las sábanas y a planchar montañas de ropa. Y así, como se dice, ponían en seguida, las hijas hembras, ya por las primarias, en hacer los trabajos de casa más ligeros.

 

Para los hombres y los muchachos la vida era más fácil; no había precisamente la cultura de que diesen una mano en la casa; alguien lo hacía de escondido porque era retenido “deshonroso” hacer los trabajos domésticos. Era una herencia del periodo patriarcal pre-capitalista y necesitaron años y años por desquiciársela.

 

 

 

Las mujeres que en cambio habían elegido no trabajar en la fábrica o no habían conseguido irse, se adaptaban a hacer cualquier trabajo de cosido, de punto; arreglaban la ropa más estropeada que las modistas y las tejedoras profesionales rechazaban, a cambio de pocas liras o algo de comer. En la verdulería retiraban la fruta y verdura de desecho “tuca e pasa” (magullada y ajada) y lograban extraer una media comida. Cada sábado después del mercado en la plaza cogían las cajas vacías de la fruta, todos papeles y cartones que se usaban como combustible en las estufas.

 

 

 

Cierto es que la clase obrera pagó precios altísimos para mejorar su propia condición de vida, mas fueron todos los varios estrados de la burguesía que aprovecharon los mayores ventajas como “don del cielo”, o sea sin ningún mérito propio.

 

Yo jamás he renegado mis orígenes proletarias: estoy aún orgullosa de ellas: la sustancia fundamental de mi personalidad se desarrolló allí: la humanidad, la dignidad, el orgullo, la solidaridad, el compromiso en el trabajo, la responsabilidad, la paciencia, la dedicación, la capacidad de aguante, la participación, pero también la espada, la consciencia, ha sido un trampolín para la maduración de la consciencia. Todas las más lindas cualidades que creo haber las he cultivado en mi infancia en mi patio de obreros.

 

La suma de las individuales vidas, en el Bien y en el Mal, da concreción a la Historia y a las formas del Poder; pero la individual vida, en el alternarse de sus humanas vicisitudes, tiene la ocasión o el privilegio de reconocer su propia alma.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA PARROQUIA

 

 

 

No obstante el avanzar de la nueva ideología de masa que se proponía, por lo menos aparentemente, desquiciar y tal vez sustituirse a la hegemonía católica y a su poder difuso, la parroquia mantenía su centralidad agresiva y carismática.

 

Todas las funciones eran muy frecuentadas, sobre todo por las mujeres, por las jóvenes y los muchachos también. Me acuerdo los rosarios por la noche del mes de mayo, el mes mariano, eran atiborradísimos; eran también las ocasiones de encuentros, para “echar el ojo”, y nacía también algún flirt. Luego las procesiones para cada festividad, muy escenográficas, con la banda, el desfile de los fieles reunidos en la varias asociaciones con sus estandartes, los himnos cantados en gran voz, los paramentos rituales de los sacerdotes muy sugestivos, las reliquias veneradas... Una llamada sacra a la cual era muy difícil sustraerse. Para todo el recorrido de la procesión, a las ventanas se exponían paños rojos con franjas amarillas (le sandaline, en dialecto); posiblemente cada bloque de pisos se organizaba en hacerlos todos iguales y había también los que añadían una pequeña iluminación artesanal, casera, a mí ir a la procesión no me gustaba porque querría mirar, no ser mirada; y así estaba en la ventana gozando este otro tipo de espectáculo que actuaba sobre mi, en mi corazón, en mis emociones y, por algunas horas me sentía un pequeño ángel.

 

Otro punto de fuerza de la parroquia eran las excursiones con el coche de línea, así se llamaba entonces, a los varios santuarios. Eran bastante frecuentes y representaban la única forma de turismo de masa en el nivel proletario. Los más frecuentados eran los más cercanos: la Virgen del Bosque de Imbersago, la Virgen de Caravaggio; una o dos veces al año, se llegaba también a Piamonte o a Liguria. Cada vez era un advenimiento gratificador, una pausa de la vida pesada de todos los días. Bolsa de comida; en el coche se cantaba por todo el viaje los himnos de la iglesia, los mismos de las procesiones, intercalados por algún canto alpino, tipo “quel mazzolin di fiori (aquel ramo de flores) o “Valsugana”.

 

Yo participaba siempre entusiásticamente, excepto una vez en la cual el jefe de grupo responsable, una señora no más joven, solterona, muy tiránica que nos obligó a cantar por horas: “siempre con el Papa, hasta la muerte, que bella suerte será para mí”. Una verdadera fundamentalista integrista que, creo, hubiese puesto a dura prueba la fe de más que uno.

 

 

 

La parroquia tenía el cine del centro recreativo. Naturalmente costaba poco y era muy frecuentado.

 

Era un local muy amplio con asientos de madera y una escrita en caracteres cubitales por encima de la pantalla. Ahora no me acuerdo si en Latín o en Italiano y que decía “Pásala bien mas no pecar”.

 

Así como en “Nuevo Cine Paraíso” por Giuseppe Tornatore, el mínimo señal de un beso o de un gesto demasiado íntimo sufría el corte entre los abucheos y los alborotos de los espectadores los que eran por lo más jovenzuelos que se divertían también así.

 

La apoteosis de la Iglesia Católica Romana, en su cubrimiento total del territorio, viene en el 1948, en la ocasión de las elecciones generales, con las “peregrinaciones” casa por casa de la afamada “Virgen Peregrina”. Constaba en un cuadro de unos treinta centímetros de lado en cerámica azul con una efigie de la Virgen en relievo, blanca. Permanecía 24 horas en cada familia y para ella se preparaba una especie de altar con flores, velas y pequeños quinqués; si todos en casa eran creyentes y de acuerdo, se recitaba el rosario y se formaba un grupo de oración; después todo se entregaba al vecino. Los conflictos familiares se desencadenaban cuando los maridos, comunistas o socialistas que se habían alejado y negaban su identificación en la religión dominante, o que habían entendido la real función política de esta “peregrinación” se oponían a sus mujeres que, en cambio, estaban también influenciadas por la religión y por la jerarquía eclesial. En casi todas familias habían ganado las mujeres; en la mía también; los hombres intentaban estar en la casa lo menos posible, trascurriendo las horas libres y de la noche en los Círculos de izquierda Progreso y Advenir. El eslogan de los carteles electorales y de las prédicas era también bastante culpabilizadoras: “En la cabina electoral Stalin no te ve, Dios si”.

 

El centro-derecha tenía que vencer por fuerza de cosas las elecciones; en los acuerdos de Yalta la Italia había sido asignada a el “bloqueo occidental”, pero el pueblo no lo sabía; habría llegado a saberlo muchos años después y, al norte, en la zona del triángulo industrial, fuerte era la expectativa de la clase obrera de llegar al gobierno con el Frente Popular. Si en la Stalingrado de Italia la situación había sido esta, bien se puede imaginar lo que había ocurrido en las provincias blancas de Lombardía, del Véneto y en las regiones del sur de Italia, por aquel entonces organizadas en forma de vida social rural con herencias feudales... Cierto es que la historia de la “Virgen Peregrina”, la que se paró en cada casa de Italia, ha sido un golpe de genio sobrehumano. Ha impregnado de su propia energía manipuladora millones de personas, millones de conciencias, orientando la Historia en cierta manera. 

 

¿Ha sido un bien, ha sido un mal? Como en todas vicisitudes humanas, hay más niveles de lectura y de interpretación, más verdades; cada uno tiene que encontrar la propia.

 

Después la derrota electoral, con la exclusión definitiva del gobierno de las izquierdas, la supremacía de las organizaciones católicas, en primis, del clero de las parroquias, que había sido levemente sombreada en los tres años precedentes, por lo menos aquí para nosotros, había retomado en pleno su poder, más bien lo había extendido al corazón de las fabricas: si uno no tenía la recomendación del cura o de algún notable democristiano, las puertas permanecían cerradas. Yo misma a la edad de 16 años, después de dos años de trabajos improvisados y precarios, encontré mi primer trabajo fijo de taquimecanógrafa “con cartilla” a través de un patrón de la parroquia que, en cierto sentido había garantizado por mí.

 

 

 

Esta fase histórica había durado por todos los ‘50 del novecientos y se había atenuada con la inmigración a avalancha del Sur en cuanto las fabricas se habían reestructuradas, reconvertidas y lanzadas en la producción masiva. El movimiento de personas, mercancías y productos industriales había aumentado muy rápidamente en los sectores más varios, por lo tanto los modeles de control social del pueblo no eran más adecuados. Los Sindicatos de categoría se habían ampliado y habían adquirido un peso determinante en la organización de los trabajadores y en el conflicto capital- trabajo.

 

La necesidad de mano de obra era muy fuerte por lo tanto se hacía pagadora la disponibilidad o la profesionalidad en comparación con la “recomendación”; la recomendación era requerida seguramente para los empleos más prestigiosos.

 

Se había asomado a la escena la modernidad la que habría empezado a disgregar el modelo social existente y todas formas de pensamiento, de cultura, de modos de vida hubieran sido de día en día comprometidas.

 

 

 

 

 

 

 

LA MUTACIÓN

 

 

 

En el 1955 Sesto San Giovanni fue declarada ciudad; había alcanzado los 45.000 habitantes, porque, ya la inmigración interna, atraída por las mayores posibilidades de trabajo, había iniciado a tener una cierta consistencia; no aún el boom de los años 60, pero las premisas estaban todas. En particular del Véneto habrían llegado miles de personas en ocasión del aluvión del Polesine; en todo caso, los recientemente llegados procedían de zonas aún más atrasadas y, no obstante la vida durísima que tenían que enfrentar, tenían alguna chance más para mejorar su vida.

 

 

 

Los obreros autóctonos, en la generalidad, habían aprendido de manera consciente que para ellos no habría sido ninguna posibilidad de evasión, de fuga de la condición obrera, pero absolutamente querían evitarla a sus hijos y, compatiblemente con las oportunidades profesionales que el territorio ofrecía, los mandaban a la escuela para tomar el “diploma” que los habría sustraído a la fatiga y a la mortificación de sentirse pertenecientes a una clase socialmente inferior. Se decía que “hacían dos días” de trabajo, o sea trabajos extra sobre trabajos extra, dobles turnos y otro más, con tal de permitirse mantener los hijos que estudiaban, para no hacerle llevar “el tonic” (el buzo) para toda su vida. Obviamente, era la recalada a las fábricas para la gente que llegaba de otras regiones a consentir este recambio de estatus generacional.

 

En efecto, después del graduado escolar, alguna hija única hembra que tenía la suerte que ambos padres trabajasen, iba a Milán o a Monza en el Instituto Magistral que representaba el máximo valor del rescate. Mi padre también siempre había soñado tener la hija “maestra”; mas después, para mí las cosas tuvieron otro rumbo.

 

Para las muchachas los cursos estándar eran aquellos de taquimecanografía primero, y poco a poco secretaria de dirección, en uno, dos u tres años, paga y cotización, operadora mecanográfica; para los varones el diploma de delineante era muy apreciado, también el de perito industrial, químico, electrotécnico conseguido en la escuela de los Salesianos de la Rondinella. Los cursos de contable y aparejador serían tomados de asalto porque la Parroquia de San Esteban había instituido cursos nocturnos homologados.

 

Estas escuelas pequeñas o grandes que fuesen, eran todas privadas, y comportaban también unos sacrificios económicos más allá que físico y cerebral.

 

¡Tuvimos que esperar los años '70 para que se abrieran los Institutos Técnicos nocturnos estatales gratuitos para trabajadores-estudiantes!

 

Nadie en mi patio proletario acabó en la cadena de montaje; a veces en la misma fabrica de los padres suyos, pero como “cuadro”, empleado (cuello blanco). Entre mis parientes también, los que fueron forzados hacer el obrero, lo hicieron por poco tiempo; se comprometieron duramente en las escuelas nocturnas, se especializaron en otros sectores del comercio, artesanado, servicios. Es también la historia mía y de todos, en nuestro campo, hicimos carrera.

 

Cuando la economía está en expansión, la movilidad social está extremamente facilitada, más bien es beneficiosa y necesarios siempre son los recursos de capital humano más cualificado y más preparado. Nosotros hemos sido buenos, cierto, pero el mercado del trabajo, de aquel tiempo ha sido muy dinámico, proponedor, evolutivo; nos dio estímulos para mejorar, y también confirmas.

 

En la primera mitad de los años cincuenta, había sido también así, así, de transición; en la segunda habían aparecido las primeras novedades también en el patio; alguien había llevado a la casa el frigorífico; otro el televisor. No porque fuesen más acomodados que los demás; eran más innovadores, más emprendedores; quien sabe, habían signado algún hectogramo de letras de cambio. De aquel primer frigorífico, me acuerdo, habiendo sido de una familia de mi frecuentación, que estaba casi siempre vacío porque compraban de cincuenta, cien gramos a la vez, pero la suya extraordinariedad era representada por los cubitos de hielo, una novedad absoluta en nuestra vida de niños y que nos había hecho descubrir el polo.

 

Una función primaria del frigorífico pues era la de conservar la mantequilla que, entonces con el tocino, constituía la base de los condimentos. El aceite se usaba poco, solamente para la ensalada y algo frito, pero era refinado y de baja calidad. La cultura del aceite de aceitunas virgen extra ha sido llevada por la gente del Sur y por esto tenemos que quedarnos agradecidos a ellos.

 

Antes el queso, el pedacito de queso, en invierno estaba envuelto en el papel o en un paño puesto en el alfeizar de la ventana; en verano en un cuenco bajo el reguero del grifo en el cuarto de cocina.... Años habrían debido pasar antes que tener el frigorífico lleno a reventar, pero su función promocional y, porque no cultural, la había tenido.

 

 

 

El televisor, luego, era el top del status symbol; los primeros que lo habían comprado eran admirados y envidiados al mismo tiempo. Con el advenimiento de “Lascia o raddoppia” (primero concurso televisivo con Mike Bongiorno), que no recuerdo en que año fue, la gente no se contentaba más ir a alguna casa o al bar para seguir las transmisiones, se había talmente apasionado que lo quería en casa propia este “aparaton” misterioso, un ídolo, dispensador de emociones, propagador de modelos de vida más sofisticados, más refinados y también más educadores.

 

 

 

Según mi modo de ser, más que nada, ha sido el advenimiento de la televisión, a mudar en aquellos años las formas de la vida individual y colectiva: ha representado la apertura al mundo, entendido como algo más allá de la propia vivencia, de las propias experiencias, de las propias expectativas. Ha representado un salto en la evolución de masa; más o menos ha tenido la misma función ideológica y educacional de las religiones o de los partidos y ha sido de pronto una competidora de ellos que, en el largo periodo se demostró vencedora, me refiero a aquella televisión, ciertamente no a la actual.

 

 

 

El mundo había entrado en casa nuestra y nosotros habíamos salido al mundo, en un recorrido de homologación con resultado ambivalente. Yo para aquel primer verdadero empleo, iba a Milán precisamente en el periodo en el cual la Avenida Monza era todo patas arriba por las excavaciones de la metropolitana; la noche frecuentaba los cursos nocturnos; salía de casa a las 6,30 de la mañana y regresaba de noche a las 22,30; mereció la pena, con el tiempo, el sacrificio se ha recompensado y, los años que han seguido, son toda otra historia.