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LA CHINA VECINA Y LA CHINA LEJANA

 

La China hoy: la más aguerrida de las tigres asiáticas.... mi ciudad natal también, por lo que concierne las actividades comerciales, bar, restaurantes, tiendas que venden de todo y de más - rigurosamente made in China - ha perdido su identidad antropológica, cultural, económica. Otro que Pedanía, dialecto, tradiciones; otro que Italia, el bel País en el cual “el sí toca”; la lengua italiana se hará una lengua muerta, como el latín.

 

Yo misma, hache casi veinte años, me voy a comer en un modesto restaurante administrado por una familia china en el cual, por decirlo de manera popular, se come bien y se paga barato; la cocina es la tradicional casera italiana; de chino solo se come espaguetis de arroz o espaguetis de soja a la plancha, PERO se deben pedir extra menú.

 

Los mercados de barrio desbordan de mercancías chinas: vestuario, zapatos, pañería, artículos por la casa, cosméticos, marroquinería baratija de todo tipo; tal vez el tenderete está administrado por Italianos, unos Indianos, mas sobre todo ya por Africanos del Norte, pero sobre la procedencia de la mercancía no hay alternativas.

 

Hoy día va la etiqueta “made in Italy”, o sea mercancía producida en los talleres chinos más o menos atados a Prato y un poco por todas partes, donde los trabajadores son sobreexplotados, duermen y comen adentro las naves industriales, trabajando 12, 15 horas por día, según el modelo de la organización de la madre patria. En mi barrio también, se descubrió hace tiempo un taller de marroquinería clandestino, en el cual se segregaban tres o cuatro familias de inmigrados clandestinos con niños pequeños, que vivían como enterrados vivos, trabajando noche y día. No sé cómo acabó.

 

Pues bien compro chino también porque los precios están al alcance de mis posibilidades económicas de hoy; no tengo grandes exigencias de “imagen” y me gusta mucho irme al mercado todos los sábados por comprar algo de nuevo.

Y, como si no fuese suficiente, hache tres años mi marido con nuestro perrito ha sido atropellado por una automovilista china sobre un paso de cebra; gracias a su Ángel de la guarda se apañó con 30 días de pronóstico y el coche de la señora estaba en regla con el seguro.

 

La China, grande potencia mundial, ya hache miedo a todos, Estados Unidos de América inclusos, de cuando ha ingresado al W.T.O., o sea en la Organización Mundial del comercio, ha invadido los Países occidentales con sus mercancías a precios bajísimos, producidas por algún mil millones de trabajadores que cuestan 20 veces menos con respecto a los Europeos o a los Americanos, sin algún vínculo o tutela sindical, ambiental o de salud pública, de verdadero capitalismo salvaje, por entendernos, como fue a los albores de la era de la industrialización de la Europa en los siglos pasados: el modelo capitalista privado o público siempre es el mismo. 

 

Eso, naturalmente ha provocado el derrumbamiento de las industrias manufactureras en el mundo occidental con la consecuente caída del P.I.L., desempleo generalizado, reducción de los consumos de las familias, aumento de la pobreza, tanto que ya la gente tiene tampoco el dinero por comprar las mercancías chinas, para poco que cuestan.

El PIL chino, que hasta hache algún año estaba a dos números, se ha reducido a la mitad y la crisis de superproducción está martillando la China también que, todavía, siempre es la grande competidora de las otras potencias mundiales, los U.U.E.E. En primis, por las tecnologías más avanzadas energéticas, cibernéticas, espaciales, orientadas a su propio sistema de seguridad militar.

 

Todo eso ha sido querido, planeado por “los dueños del mundo”, la elite mundial del poder; no hago nombres, mas sabemos de los que estamos hablando. ¿Ha sido una estrategia justa, errada, ha perseguido sus objetivos declarados, u ocultos, ha sido la creación del brujo aprendiz después escapada de las manos, es posible regularla, es irreversible, cuales posibles salidas podrá tener? No nos es dado conocerlos... “a los que vendrán el arduo trabajo”! Ahora es así, la China ha llegado a nuestras casas!

 

Mi intento pero no es lo de disertar sobre la política económica, sobre la globalización, sobra las Bolsas, sobre las altas financias trans-nacional, más bien lo de volver con la memoria y con el corazón a un viaje por exploradores a la descubierta de la grande “casa China.”  

 

Fue en el mes de mayo del 1976, parece prehistoria: Mao Tse Tung, el Grande Timonero, era aún Presidente; el Conjunto de los cuatro, con la Revolución Cultural y las Guardas Rojas imperaba; ya era en fase terminal, como el poder carismático de Mao que habría definitivamente tramontado con su muerte en el mes de septiembre del mismo año. Los cuatros enseguida fueron destituidos, incriminados condenados y olvidados, tanto que ahora por conocer algo de ellos necesita consultar Wikipedia.

La leaderdship fue tomada por Deng Xiaoping que mutó literalmente el curso de la política económica y social, poniendo las bases de la transformación de la China de atrasado País campesino a grande potencia mundial cual es hoy. Suya es la enunciación programática: “no importa de qué color sea el gato siempre que tome la rata”.

 

Estaba interesada en la escena del mundo, a las ideologías marxistas, a la contraposición entre la vía soviética y la vía china, me tenía puesta al día con varias lecturas, sin embargo no fue empujada en aquel viaje por el ideal, o por el deseo de hacer conocimiento por el vivo de aquel País que ya era un grande protagonista y que hacía propaganda en el occidente de su visión del mundo, al sonido de eslogan y de contraseñas, a través del afamado Librete Rojo, testo sagrado del Maoísmo, que inflamaba mucho los ánimos de todos los aspirantes revolucionarios de aquellos años.

 

Estaba pasando un período feo, como se dice, nada me salía bien, estaba muy deprimida; una fase de “oscura noche del alma”; también habría podido morir y no me acuerdo como he venido en contacto con esa oportunidad... el primer viaje en China, organizado por una asociación de industriales, abierto también a otras personas, y en efecto éramos cuatro o cinco comunes mortales.

Un evento excepcional, si se considera que solamente de pocos años había habido el inicio de una tímida apertura diplomática decida del “Ping-pong” entre los Estados Unidos de Nixon y por lo tanto del Occidente, y la República popular china de Mao Tse Tung.

El viaje costaba1.800.000 liras, que constituían todo mi capital; antes que morir valía la pena que yo intentase una experiencia nueva, quizás revitalizadora!

 

El responsable del viaje convocó una, o dos reuniones con los participantes en la sede de la asociación para informar sobre la organización, y el programa, de lo que habríamos encontrado y como habríamos debido comportarnos.

Taxativo por las señoras, las esposas de los emprendedores, en la ocasión llamadas “amas de casa” el consejo de nunca llevar joyas, nunca maquillarse, y sobretodo nunca pintarse las uñas, llevar vestidos modestos, nada minifaldas, nada zapatos de tacón.

Objeción de unas: “Si tenemos un invito a cenar en la embajada italiana, no nos podemos presentar como la armada Brancaleón...” La cena antes presupuesta, se convirtió en un té postmeridiano, en el cual el embajador no me acuerdo quien fuese, llevaba vaqueros y una camiseta azul, su esposa con un vestido modesto, un chal de lana hecho con ganchillo y, calzaba pantuflitas chinas. 

 

Yo me encontraba a buen recaudo con respecto a las instrucciones; me había preparado, había estudiado, no iba a ciegas y al final no poseía joyas, no me maquillaba de costumbre, no me pintaba las uñas, tenía algún vestido que me ponía todos los días, no llevaba minifaldas, ni zapatos de tacón.

 

Quien fuesen esos emprendedores, como se llamasen sus esposas, jamás lo supe, o sea nunca me había enterada a sus personas porque en aquel entonces, era joven y atiborrada de prejuicios ideológicos: eran enemigos de clase con los cuales ningún intercambio era posible, ninguna sintonía. Y, en verdad, en el curso del viaje, momentos de intolerancia recíproca, habían sido y casi siempre provocados por mí.

 

La “clase trabajadora”, sea también pequeñoburgués, estaba representada por un cardiólogo de hospital; una profesora de la Academia de Bellas Artes de Brera, escultora, con el marido; una anciana señorita que se presentó como jubilada, en la realidad era una dama, enfermera voluntaria de la Cruz Roja condecorada con varias insignias por haber prestado servicio en primera línea por todos los cinco años de la segunda guerra mundial; un hombre bastante anciano, corpulento, profesor de Latín y Griego; una joven muchacha, más o menos de la mía edad, de la cual nada supe de personal y yo, genéricamente cualificada como empleada.

 

En un primer momento, los compañeros de viaje nunca me habían entusiasmado; había en seguida hecho cuenta sobre mi espíritu de adaptación y sobre mi propensión al destaque emotivo de los ambientes en los cuales no me sentía a gusto; y, no obstante estas reservas iniciales, estaba convencida de que aquella experiencia sería estada verdaderamente única para mí, independientemente de quien había o no había.

 

Todo había considerado, excepto lo más importante: el alimento. Desdichadamente siempre he sido refractaria en aventuras gastronómicas exóticas; no me atraen por la nada, más bien, trato de rehuirlas. De buena cerebral, a nivel mental digiero lo todo, a nivel físico la nada. Y, después de todo, estoy todavía estimadora de la sabiduría popular de “mujer rocino y cocina tómalos del vecino”.

 

En seguida, a partir por la primera comida a Pequín había iniciado mi psicodrama: cada vez al menos seis o siete platos, cada uno de un particular color encendido: rojo, amarillo, anaranjado, verde de varias matices; el olor emanado pero era lo mismo, por mí desagradable, por lo tanto me forzaba en probar algo de mala gana.

Los demás también no eran muy satisfechos; pero comían, sin entender bien lo que estaban engullendo,... “... aquí en China, mejor no pedirse nada y comer lo que nos dan...”.

Virgen santa, se había puesto verdaderamente mal para mí que me reduje a comer un platito de arroz blanco, frio, servido como pan, y algunas frutas.

Una vez había improvisado una pequeña, o sea había metido el arroz en un caldo, una especie de consomé que había encontrado de mi gusto, ¡finalmente! Es de serpiente dijo el guía... momento de estremecimiento… ¡pero el hambre había sido más fuerte y había hecho también el bis!

 

A pesar de todos mi buenos propósitos, pero, después tres o cuatros días me había estallado una urticaria pruriginosa en todo el cuerpo, probablemente causada por la intolerancia a algún ingrediente de los bocados y a eso punto pedí al responsable del grupo, en los límites del posible, de hacerme preparar algún almuerzo simple, de cocina internacional: un pedacito de pollo asado o roast beef con ensalada y a mí habría sido suficiente.  

 

Unos días después, me dio una respuesta negativa; más bien me dijo, que los Chinos eran muy susceptibles y que yo con mis peticiones habría acarreado ofensa a ellos, demostrando de nunca agradecer su cultura y su hospitalidad. Y por encima la petición era mía solamente porque a los otros participantes, la cocina china gustaba mucho. “¡Señorita, le ruego, no nos haga hacer un papelón!”

 

Ya estaba exasperada, maleada por la urticaria, y aquellas palabras me habían hecho subir por las paredes...  ¿Es jamás posible que me deba cargar esa cruz... tengo que sufrir yo, tengo que reprimirme tengo que mortificarme por “hacer quedar bien”, por hacer felices los demás?

 

Mi madre me había martillado por toda la vida “non farmi fare brutta figura” no hacerme quedar mal con los parientes, los vecinos, los enseñantes, las monjas, con los que me hacían trabajar por enseñarme una profesión, que no tuviesen quejarse con ella de mi comportamiento… debía ser fiel al deber, sometida y obedecer… ¡yo me escaqueaba, bien consciente de que la falta cada vez me sería costado muy caro!

 

Jolines, tenía más que treinta años, una licenciatura y, ¿aún encontraba en mi camino un quienquiera que se permitía decirme “no nos haga hacer un papelón”? Mi agresividad inexpresada aumentaba de día en día y cuando sería aparecida a la superficie, “no habría sido nada por nadie” como se suele decir. Y el día llegó.

 

Mientras tanto los encuentros y las visitas con las varias realidades de la sociedad china adelantaban en etapas forzadas, con un cliché fijo: taza de té de jazmín (que apaga los fuegos, inflamaciones interiores, nos dijeron), como preámbulo de cortesía, después un responsable hablaba de lo que estaba representando, en términos muy propagandísticos; eran consentidas unas preguntas, mas el discurso siempre era politizado, esquemático, impregnado de eslogan, por lo tanto nunca se lograba entender la especificidad de un ambiente en comparación a uno otro.

¡Y de facto después de una pareja de veces, todos nos habíamos dado cuenta de que se decían siempre las mismas cosas, las mismas palabras, la misma énfasis y así fue de Pequín a Shanghái en circunstancias diferentes y nosotros, aburridos más que más, nos aparentamos enterados por deber de hospitalidad y “quedar bien”!

 

Los acompañantes chinos eran un hombre y una mujer de más o menos treinta años, guardias rojas, el hombre era también el intérprete oficial que, afuera de su función, era de una educación formal e impenetrable. La muchacha parecía más “humana”, probablemente su tarea era la de recoger comentarios, observaciones, tomar nota de las reacciones y los comportamientos, de observarnos, en cuanto éramos recíprocamente extranjeros. 

 

El médico, aparte yo, era el único participante de “izquierda extra-parlamentar” y hacía referencia a uno de los muchos grupitos extremistas de entonces, del cual yo nunca había oído hablar. Era una persona muy reservada, precisamente huidiza, diría, solamente hablaba conmigo y nos parecía que representaríamos la vanguardia revolucionaria infiltrada entre las filas enemigas de los dueños y de los burgueses sometidos. Santo y seña: ningún comentario negativo de compartir con los “derechos”; más bien apoyo incondicional al pueblo chino y a su gobierno comunista revolucionario.

Nuestras verdaderas valuaciones eran estrictamente reservadas, no siempre positivas, y no siempre coincidentes; pero frente al enemigo teníamos que hacer frente común.

 

En honor a la verdad también tengo que recordar con un pensamiento afectuoso la anciana señorita condecorada que, no obstante todo, no obstante éramos como el perro y el gato, hasta el inicio me había demostrado simpatía y consideración; más bien yo constituía su nueva misión de guerra: reeducarme, ante todo en el bon ton y en el lenguaje.

Y sí, los c..... eran florecientes, aún porque querría escandalizar y dar marco mi diferencia de los burgusachos…. Por todos los 21 días del viaje combatió su batalla por hacerme sustituir la palabrota con “perdirindindina”, ¡pero a mí esa “fineza” nunca daba satisfacción!

 

Uno de los muchos encuentros programados se desarrolló en una escuela o academia de arte y allí sucedió el imprevisto: fue formulada por primera vez la pregunta reservada a los visitantes y fue la profesora de Brera a plantearla, la cual se había sentido tirar en causa directamente. El representante orador, de hecho había tachado como contrarrevolucionaria y enemiga del pueblo la arte clásica del individualismo burgués y exaltado la revolucionaria “iluminada por el pensamiento del Presidente Mao y puesto bajo la guía de la clase obrera”.

 

“Perdón de la palabra, ¿usted quiere decir que yo debo esculpir solamente lo que está en los pensamientos del Presidente Mao y que unos obreros deben estar a mi espaldas mientras creo mis obras por decirme como y cosa debo hacer porque ellos comandan y yo que soy una artista debo ser a su merced?”

Por toda respuesta el funcionario repetí con pelos y señales lo que había dicho antes, porque tenía que atenerse al guion; el intérprete no era autorizado a comentar las palabras oficiales y así se instauró un teatrillo en el cual la escultora, que continuaba a no entender el contexto, se obstinaba en las preguntas y su interlocutor, impasible, a recitar su monologo, así que todos lo estábamos aprendiendo de memoria. Gracias a Dios, terminó el tiempo de la visita y respiramos aliviados.

 

Entre el médico y yo habían sido, miradas de entendimiento, de complicidad, porque nosotros “sabíamos”, ya nos habíamos medidos, por lo menos a nivel teórico y propagandístico con “el realismo socialista” de soviética memoria... ¿y después de todo esos conformistas burgueses que nada entendían, nada sabían... lo que habían ido a hacer en China... a provocar... a infectar el aire?

 

 

 

Eran los años de la China pre capitalista, de la economía rural de subsistencia de las Comunes agrícolas y del colectivismo forzado: todos los Chinos adultos, varones o hembras, llevaban una uniforme azul o verde, según la estación, constituida por pantalones, chaqueta cerrada al cuello, tal para cual las iconografías del Presidente Mao que inundaban la Europa en aquella época. Una uniformidad, una monocromía despersonalizadora que me ponían a disgusto, me hacían percibir las personas casi como si fueran seres semovientes intercambiables... eran todos iguales, no se podía distinguir lo uno de lo otro.

La diversidad, la fantasmagoría de los colores estaba reservada al mundo de la infancia, a los jardines de infancia a los preescolares en los cuales el contraste con las afueras era tan estridente que dejaba pasmados.

 

Acordar hoy, a 37 años de distancia aquel viaje es, inevitablemente, a grandes rasgos, o sea más por experiencias y implicaciones emotivas que por análisis políticas o sociológicas de las muchas situaciones particulares.

 

No me acuerdo haber visitado fábricas de cualquiera género, a lo mejor unos talleres con máquinas de coser; a cambio en los traslados da el norte al sur del País nos hospedaron una pareja de Comunes agrícolas muy aisladas, en el interior, los cuyos componentes conocían por primera vez unos occidentales.

En esas grandes distancias viajábamos en pequeños aviones rusos, seguramente residuos bélicos que, solamente a verlos unas ansias las provocaban.

Centenas y centenas de kilómetros en el verde particularmente brillante, resplandeciente de los arrozales, un mar de yerba exterminado, una energía de la naturaleza aún en armonía con la humana.

El verde era diferente de aquello de nuestros arrozales aquí en Lomellina o del Vercellese, tal vez por la refracción de la luz, o quizás la tierra y el agua eran aún incontaminadas. 

 

Ciertamente fue por todos un chok “conferir” la su propia cuota de abono natural, en el sentido de que durante el día, por las necesidades fisiológicas, se iba en grandes servicios públicos, compartidos entre varones y hembras, constituidos por estrechos canalitos largos muchos metros, al borde del cual uno se acurrucaba en modo de hacer caer las deyecciones en grandes depósitos de recogida de bajo y que, con las deyecciones animales y el desecho vegetal, después de un periodo de decantación iban a constituir el abono orgánico natural para el cultivo.

 

Nosotras, las capitalistas occidentales, trastornadas en nuestra intimidad más secreta, entrabamos una por una en esos cobertizos con 10 o 20 canalitos; improvisamente llegaban grupos de Chinitas que hacían lo que debían hacer con extrema naturalidad, charlando entre ella con sus vocecillas estridentes y sonriendo a nosotras que nunca lográbamos esconder nuestra incomodidad. 

 

Los dormitorios que nos eran reservados en las Comunes tenían cuartos de baño normales, a veces dos o tres por todos nosotros, pero respecto a los canalitos colectivos, eran como maná del cielo.

Yo tenía la impresión que lo todo fuese reducido al esencial, sin duda pobre en comparación con nuestros estándar de vida, mas no mísero, más bien con cierta dignidad que provenía a cada uno por el trabajo que hacía para su sustentamiento, para lo de su comunidad y del entero pueblo chino. 

 

En recordar la historia de los calcetines, me hace aún sonreír.  Las “amas de casa” de cierto nunca hacían la coladita por la tarde; habían llevado una maleta de ropa blanca de recambio y la sucia la abandonaban en la canastilla como basura: lo todo era recuperado y reciclado, todos los objetos, también el contenedor del carrete de la máquina fotográfica, el cordoncillo de los paquetes, todos papeles y los se encontraba en la etapa sucesiva limpiado, planchado, remendado, lustrado, plegado con cuidado.

Después de 18 días de viaje nosotros los todos teníamos una bolsa más con todos los rechazos que nos habían forzosamente acompañado para todo el período y de los cuales nos liberamos a la llegada en Hong Kong.

 

Yo no me enfadaba, como los demás, por esas costumbres porque las había vividas y todavía las vivía en mi casa. Mi abuela materna se murió cuando yo tenía 14 años y vivía en una grande casa de labranza medieval longobarda, quedada tal como estaba, y que nunca tenía los servicios. Las “necesidades” se cumplían en el establo o en el huerto en uno espacio oportunamente reservado y después se usaban como abono.  

 

Y no hablemos de la recuperación y del reciclo: a parte el ser sido educada por la pobreza del posguerra, por los años del desempleo de mi padre por lo tanto después la escuela secundaria obligatoria había debido que ponerme a trabajar, mi madre nacida campesina, hecha obrera de fábrica, era una fanática de la reutilización; “el usar y tirar para ella era un verdadero sacrilegio. Hacía pareja con nuestra vecina y juntas ideaban las formas más impensadas y también las más creativas de reciclo de los rechazos; se podría escribir un manual sobre el argumento.

 

Lo que me había entusiasmado verdaderamente de aquella China había sido el modelo de instrucción, del desarrollo de la potencialidad del niño a través del juego, pero no fin a sí mismo, que llena el tiempo, más bien finalizado a la sintonía entre la capacidad cognitiva y habilidad manual, sustentadas por la soltura y el dominio del cuerpo físico dados por la gimnasia y por las danzas tradicionales. Cuerpo, psique, mente que se desarrollan juntos por dar vida a una personalidad adulta equilibrada y madura.

 

¿Era un modelo ideado por la clase dirigente de entonces, era una sabiduría antigua que se volvía a proponer, era un caso?... No sé, lo cierto es que ninguno de nosotros los occidentales, cuando nos comprometíamos con unos de esos juegos infantiles, a la apariencia simples, en la realidad verdaderos test intelectivos, no lograba manejarse sobre todo por la lentitud de la coordinación mano-cerebro, mas también por alguna dificultad en entrar en aquella forma de lógica.

 

En el primer año de la enseñanza obligatoria el pequeño Chino aprende los 5000 ideogramas de base del Mandarín y cada ideograma es un concepto, no es una palabra.

 En una escuela rural asistimos a una lección de medicina tradicional china y de acupuntura, que los niños se practicaban recíprocamente por aprender bien la técnica, siguiendo los mapas de los meridianos colgadas en las paredes, obviamente bajo la supervisión del profesor. De facto, cada uno, tenía en dotación una cajita de aluminio, con adentro muchas agujas, parecida a la en la cual guardábamos la jeringa cuando erábamos pobres, y mi impresión fue que podía también fiarme.

 

En el 1976 los Chinos eran ochocientos millones, en la inmensa mayoría aún campesinos porque las industrias de base eran en fase de desarrollo; y además de todo se habían cargado de un pequeño País aleado, la Albania de Enver Oxa, aún más retrasado.

La sexualidad, consentida solamente adentro el matrimonio, era fuertemente contenida, en el sentido que uno se podía casar solamente después los treinta y con el permiso del Partido; absolutamente la pareja no podía tener más que un hijo, pena la separación a vida en dos regiones inalcanzables; por lo tanto el control de la natalidad era casi total y la contracepción y la interrupción del embarazo obligatorias.

 

¡Naturalmente los “derechos” eran horrorizados: eran lesos los derechos fundamentales de la persona, los derechos humanos, aquello era un País sin Dios, en el cual la vida humana estaba no solamente reprimida, mas encima impedida con homicidios preventivos... horror, horror!

 

Yo había intentado otra llave de lectura a esas imposiciones coercitivas, seguramente inaceptables por nosotros, pero necesarias en aquella fase de construcción de un inmenso País que había a penas salido de guerras interiores duradas centenares de años y de la depredación operada por el imperialismo británico y occidental en general, que lo habían también contaminado con la difusión del opio entre las masas.

 

La República Popular china había sido proclamada solamente 25 años antes cuando aún millones de personas se morían de hambre por las carestías y las epidemias. Para los primeros años habían gozado del sustentamiento económico de la Unión Soviética, luego sus relaciones se habían interrumpido y la clase dirigente, incluso con pruebas y errores, había debido encontrar los caminos, de manera autárquica, por asegurar un mínimo vital a cada uno de los ochocientos millones de habitantes.

 

De un punto firmo había debido partir, o sea bloquear el aumento demográfico porque, si cada año los Chinos aumentaban de 100, 200 millones, no habría sido posible ningún crecimiento, ni colectivo, ni individual, mas solamente pobreza, para no decir miseria, negación de energías y potencialidades humanas, más allá naturalmente a la posible vulnerabilidad en el plan de las relaciones internacionales.

 

A pesar de todas estas constricciones y represiones, la China, en menos de 40 años, ha alcanzado el considerable número de mil y cuatrocientos millones de habitantes, prácticamente el 20% de la población mundial. Aumentando de forma exponencial, ya se puede prever adonde llegará entre una decenas de años. 

 

Un día, ya a la mitad del viaje, en ocasión de un traslado en autocar, la muchacha china se sentó cerca de mí, y me pidió cuales fuesen mis impresiones personales, los comentarios sobre lo que había visto; una especie de entrevista que antes ya había hecho a unos otros.

Le había confirmado mi apreciación, sincera, porque había advertido una grande energía de constricción, de evolución, de rescate que, antes o después habría dado frutos extraordinarios...., “....pero ahora vosotros los Chinos debéis ser un poquito más abiertos con los visitadores occidentales, un poquito más disponibles.... yo a vuestra cocina estoy intolerante.... tengo todo el cuerpo cubierto de espinillas molestas.... mira, mira como estoy puesta.... no pretendo el arroz con el ossobuco o las tallarines de trigo sarraceno, típicos de la Valtelina, mas Dios mío póngame en condiciones de comer algo más que el arroz blanco, frio.... ¡ he pagado  un dineral, no soy llegada gratis....!”

 

La compañera se quedó estupefacta, sea por mi vehemencia tampoco cordial, sea porque era la primera vez que oía una lamentación con respecto a la comida; me dijo que al inicio del viaje había sido propuesta la alternativa de la cocina internacional por las comidas individuales también, a petición, pero que siempre le habían contestado que así iba bien, que todos éramos satisfechos, más bien entusiastas de la cocina china. Y que de aquella tarde misma, habría preguntado a cada uno lo que deseaba comer después.

 

Ábrete cielo y fulmínalos ábrete tierra y trágalos... a cena estalló mi “tormenta perfecta” cuando el guía chino preguntó: “¿Quién quiere de mañana en adelante la cocina internacional?” ¡Y todas, dije todas las manos se levantaron!

“¡... aunque sois dueños y burgueses tenéis el ánimo de los esclavitos, … ahora finalmente entendéis lo que significa: “bajo la guía de la clase obrera”.... quiere decir que yo, proletaria, he reivindicado mi derecho porque tengo dignidad.... vosotros, que me la habéis tenida tomada a mí todos éstos días, en seguida habéis aprovechado la ocasión, parásitos.... buenos solamente a explotar los trabajadores.... un poco de reeducación en los campos de trabajo coactivo, como hacen aquí con los enemigos del pueblo,.... he aquí lo que os merecéis¡”

 

Inútil decir que la situación se precipitó a las malas y fue necesaria una obra intensa de pacificación por parte del profesor de latín y griego que después, a Hong Kong se reveló ser un prelado que había debido celar su verdadero estado, de otra manera no habría obtenido el visado de ingreso a China.

 

Bien está lo que bien acaba; los últimos días juntos trascurrieron en un clima de suspensión de las hostilidades, de cortesía de manera.... una “ama de casa” me regaló un grande fular rojo que yo había admirado en una tienda de Hong Kong, pero me había parecido demasiado caro para mi bolsillo; un recuerdo, me dijo, del viaje y bromeando, del “raspar” -las espinillas- que habían sido las mis más íntimas acompañantes.... no me lo esperaba e incluso me había conmovida.... el fular todavía lo tengo....

 

¿Qué decir, como ha cambiado la China de entonces, como estoy cambiada yo, como ha cambiado la Italia en esos 37 años?... la reflexión es inevitable.

 

Marx en uno su escrito, nunca acuerdo cual, dijo que el otoño, o sea la decadencia de un País es contemporáneamente la primavera,  o sea el renacimiento de uno otro; a la agonía del Occidente, como un viejo en fase terminal, el Oriente contrapone la energía, la lozanía de la vida nueva de mil millones de seres humanos, que hace hasta pocas decenas, habían vivido afuera del tiempo y de la historia; habían sido sacrificados a la supremacía de la raza blanca y a su dominio económico y cultural.

Nacer, brillar, desaparecer es una ley cósmica.

 

Ahora los vientos soplan en otra dirección, las corrientes cósmicas han tomado otro rumbo; las razas orientales son las nuevas protagonistas del tercer milenio; los antiguos dioses de ellos se han despertado, sus Energías extra físicas, que son el condensado de las existencias terrenales, dan ellos la potencia por llevar en adelante la evolución de sí mismos y de la humanidad en su conjunto, hasta cuando habrán agotado su función.

 

LOS CHING, el libro de la mutación, el más antiguo texto divinatorio chino, dice que, en la fase propicia, “...las fuerzas del Cielo y de la Tierra están en relación y todas las cosas están en comunión entre ellas. Alto y bajo se mezclan y tienen una idéntica voluntad. El hombre superior está al centro de las cosas. Los que tienen un bajo valor moral gravitan en torno a los margines. El camino de los primeros crece, lo de los segundos baja”

(Hexagrama 11, Paz)

 

El testimonio histórico y visual de aquella China lejana está exprimido en esos cuadros, que en la realidad son collages miniaturizados, que he traído como suvenir del viaje y que, de entonces, enmarcados, adornan las paredes de mi casa.