Una Navidad particular

La Navidad del 2011 me hizo recordar las Navidades particulares de mi vida; por tres semanas por lo menos era constreñida a la cama por una seria gripe con unas complicaciones; no tenía gana hacer nada, tampoco leer o hacer las palabras cruzadas; la mente era completamente libre de amortiguarse, de aplatanarse o de hacer añicos en pensamientos insignificantes, escurridizos que, a cierto momento habían empezado tomar tono, forma, tema.

Al inicio los recuerdos y las imágenes se sobreponían, y también las emociones se amontonaban como si se tratase de un episodio único; pero a medida que fluían se diferenciaban y ocupaban su sitio, su historia.

 

Navidad 1952: Tenía 10 años, hacía el quinto. Desde el posguerra, 1945, hasta aquel año las mis Navidades habían sido todas iguales, por lo menos no tengo recuerdos particulares.

“El Niño” como se decía era un “Niño de pobrecitos”, Papá Noel todavía no lo conocíamos; hacíamos el belén, esto también de “pobrecitos”, pero recuerdo también en mi casa el árbol con las mandarinas colgadas de un hilo y unos muñejitos de chocolate o mejor de sucedáneo, envueltos en papel de aluminio colorada, únicas decoraciones que pero casi desparecían entre los copos de nieve hechos con algodón que cubrían las ramas.

Precisamente las mandarinas eran mi pasión. No solamente en el comerlas, pocas y cada tanto, cuanto el perfume fragante que se desprendía por la piel puesta a secar sobre la plancha candente de la estufa de leña: una satisfacción, una alegría para mí. ¡Necesitaba mucha atención en quitarlas antes que quemasen si no el perfume se convertía en olor acre y amargo!

Al recordar había revivido, aquella alegre fragancia como se me fuese irradiada sobre la cara: sí soy aún yo aquella niña, aquel angelito bajado por el cielo, como entonces imaginaba ser, para consolarme de una vida difícil.

 

Los regalos consistían en unos indumentos que necesitaban, pero se esperaba la Navidad para hacer un solo gasto; para mí la fiesta eran los dos a veces tres libros que me llevaba el Niño Jesús: desde pequeña he sido una lectora empedernida, los leía y releía hasta aprenderlos de memoria.

La comida sí, era de fiesta, o sea en vez de comer, como todo el demás del año, los alimentos que costaban menos, los más “proletarios”, había el jamón serrano, el salchichón que a mí me gustaba mucho, las carnes de primera calidad y alguna exquisitez que se veían justo una vez por año, el clou era el panettone que se comía solamente en Navidad, era el símbolo pagano, el sentido laico del aniversario.

Todo bonito, parecía, libros, panettone, turrón, pero había un precio que pagar, nadie hace algo por nada, tampoco el Niño Jesús: tenía que irme a la misa del gallo que por mí era una verdadera tortura.

A las ocho y media o como máximo a las nueve de la noche me tumbaba en la cama porque mis días eran súper pesadas, recorría andando cuatro veces por día el camino entre casa y escuela y, por la tarde preparaba la cena para mis padres que volvían a casa por el trabajo muy tarde y despachaba algunos labores domésticos.

 

También la nochebuena me iba a la cama a la sólita hora, desgraciadamente mi mamá alrededor de las 11 de noche me despertaba, me levantaba de la cama, yo me vestía, salíamos de casa para ir a la misa del gallo, solemne, cantada y larguísima, dos horas duraba, en latín en una grande iglesia helada en la cual sufría el frío, no entendía nada y no me enteraba nada.

Al regreso a la casa, el rito pagano: el corte del panettone y el regalo, pero entretanto yo me había puesto de malestar y transcurría una noche horrible. ¡La vez en la cual el don consistía en una pareja de zapatos nuevos, que habían sido puestos a lado de la cama, escondidas parcialmente por la manta, me encontré mal y vomité dentro de ellos!

Me había dirigido directamente al Niño Jesús para hacer un pacto con ello: no llevarme más nada el año próximo, así yo no estoy obligada ir a la misa del gallo; ¿porque cada vez quieres hacerme daño?; eres adorado por los ángeles en los cielos, por los hombres en la Tierra, los pastores te llevan dones, y también los Reyes Magos, ¡si yo no voy a tu casa, tampoco te das cuenta!

En mi cabeza de niña que no tenía precisamente una vida fácil, el Niño Jesús no tenía que quejarse; había nacido en la cabaña mas no sufría el frío y además era amadísimo aún después miles de años en todas las iglesias del mundo.

Por la verdad me surgió la duda de que no fuese precisamente el Niño Jesús en pretender el sufrimiento a cambio del regalo, pero el diktat de mi madre autoritaria y, había entendido que me sería más fácil pactar con el Dios nacido en la Tierra antes que con ella.

Pues bien, aquel año he sido satisfecha. Gracias a Dios me ero puesta enferma unas horas antes la misa, así mi mamá tuvo que irse sola a la iglesia porque mi padre, anticlerical, no pisaba por iglesias de ninguna manera.

Pero también faltaban los regalos de la tía Ida, hermana de mi padre, por aquella Navidad había programado algo de nuevo, una sorpresa para nosotras las niñas, su hija María Rosa y yo. Los dineros eran poquísimos, se hacía una cosa, o la otra.

Creo fuese el día de San Esteban cuando, inmediatamente después la comida cogemos el tranvía que llevaba al centro de Milán.

 

Más que una sorpresa, fue un advenimiento absolutamente extraordinario, más que el nacimiento del Niño Jesús, que a la fin y al cabo, siempre lo mismo era; yo nunca fue a Milán en la plaza de la catedral, de Milán conocía, solamente de nombre, dos barrios de las afueras contiguos a Sesto: Crescenzago porque mi madre trabajaba en la Magneti Marelli y Bicocca porque la tía Ida era obrera a la Pirelli.

 

No que hasta entonces yo hubiera sido reclusa en mi ambiente familiar y a mi barrio; no, no, al contrario, dentro de mis posibilidades, en comparación con aquellos tiempos, ya me podía decirme una viajera. La primera experiencia de viaje la había tenido a la edad de tres años, cuando para todo el invierno me fue a la colonia invernal de la Breda, en Liguria, la por los hijos pequeños de los asalariados, macilentos, desnutridos, debilitados por el hambre y las privaciones de la guerra y yo me fue por tres años, hasta que había iniciado la escuela primaria. De allí en adelante eran los meses de verano que pasaba lejano de casa: a la Valcamonica, a la colonia montana de la Parroquia con las monjas; un par de veces fue también al mar en Liguria, encomendada a una familia amiga del patio y además habían las excursiones de un día con mis padres dos o tres veces por año con el tren o con el coche de línea más allá de aquellas a los varios santuarios organizadas por la parroquia.

Seguramente habré probado alegría, maravilla por la belleza majestuosa de la catedral, por la elegancia de la gente que daba paseos en la rambla, en la grande plaza, en la galería Vittorio Emanuele, por las grandes tiendas que exponían vestuario, zapatos, joyas que a Sesto San Giovanni no se veían para nada, un otro mundo, el mundo de la riqueza y de la abundancia, del gusto, del estilo, del arte y de la historia, en contraste la estrechez, la mediocridad, la pobreza no solamente material; entonces la diversidad entre la burguesía y el proletariado, antes el advenimiento del consumismo de masa, y aún de una mayor escolarización, era muy marcada y casi que no se puede colmar.

Todavía esto descubrimiento no creo me haya condicionado más que tanto porque el recuerdo ha sido neutro, no me hizo revivir ninguna emoción.

Por otra parte, mi “bautismo de fuego”, mi trastorno de joven exploradora lo había tenido ya a la Pascua precedente: me fue a Génova en tren con mis padres y la familia de mi tía, una experiencia que jamás olvidaré; un enamoramiento, una explosión del alma, jamás había visto y vivido, hasta aquel momento, nada de más cautivante de aquella atmósfera mágica, única de la ciudad, que había encendido y hecho levitar mi fantasía de niña fascinada y plasmada por la lectura. Y además, se era reanudado, por lo menos imaginativamente, el vínculo con los abuelos porque la cepa familiar se decía fuese procedente por Génova, aunque asentado a Sesto por varias generaciones.

 

El centro de Milán me había gustado, pero no tenía el mar, ni tenía las voces de los abuelos, ni la llamada de la aventura, del descubrimiento de las tierras más allá del océano, allí todo era estático, granítico, cerrado, cumplido, por cuanto lindo que fuese.

Aquella pero no era la sorpresa preparada por la tía, había sido el necesario recurrido para llegar y, la meta, el hallazgo del “tesoro” creo hubiera sido una experiencia, una iniciación a la vida como lo fue la de del hallazgo de Génova, quizás aún mayor.

La tía hubiera sido una tumba sobre su proyecto, así que cuando entramos al Cine de estreno a la señorial avenida Vittorio Emanuele fue tomada por una agitación ansiosa de muchas emociones distintas, estupor, curiosidad, inseguridad… jamás había imaginado, hasta aquel momento, que pudiera existir un lugar, una sala de cine, la que me había parecida inmensa, dónde la gente estaba sentada en sillones de terciopelo en silencio absoluto, en la oscuridad y, por lo tanto nosotros  fuimos acompañados por una señorita con un lucecita en las manos hasta nuestros asientos correspondientes al número de nuestro billete. Yo estaba atemorizada, apocada, en un primer momento no a la altura de aquel ambiente.

En el cine del centro recreativo de la parroquia me iba todos los domingos por la tarde; asientos de madera chirriantes y batientes; una “gresca” de niños y chicos gritando en un vaivén continuo como si fuesen en un patio; la película que siempre se rompía, sin contar las veces que era cortada a propósito, cuando había un beso, o algo que el cura consideraba provocativo. No lograba casi jamás entender la historia, el enredo por lo que realmente exprimía, pero me gustaba irme allí; pero es verdad que siempre era una diversión y el encuentro, el conocimiento de realidades afuera de mi mediocridad diaria, una visión ampliada del mundo y de la gente, la que me estimulaba en pensar, en comparar, en fantasear; también si, por la verdad, mi preferencia siempre era dirigida en la lectura.

Me acuerdo de haber sido presa por una fuerte emoción, una exaltación casi, en encontrarme dentro aquel lugar así distinguido, atenuado, como en la iglesia, con todas aquellas personas guapas, elegantes, señoriales a los mis ojos y, solamente por estar sentada allí entre ellas, me había sentido importante, una niña de valor, así que la visión de la película, independientemente de lo que fuese, tenía que ser por mí como un rito solemne, una ceremonia que me confirmase.

La película en programa era “El cazador del Missouri”, ambientado en el tiempo del Far West, con personajes particulares y simpáticos, la ternura de una historia de amor entre el cazador y la deliciosa indianita; un guion muy divertido y romántico, un paisaje aún incontaminado como fondo; ¡creo que tampoco el cura del centro recreativo habría encontrado algo que cortar!

 

El cazador, personificado por Clark Gable, aventurero moreno, guapo y valiente, fiable, rudo y dulce al mismo tiempo que tocaba uno instrumento de viento muy original, quizás hecho por ello mismo, cantando una cantilena: <<va el columpio arriba y abajo, eres tu mi único amor>>. Un flechazo para mí, un amor a primera vista que había abierto, de golpe, mi corazón, haciendo aflorar aquel modelo masculino que, inconscientemente yo había ya creado en mí, en el mi profundo, como en una gestación; allí había salido a la luz y yo me era sentida evadida por la alegría y por la esperanza, aligerada por tantos pesos, por tantas negaciones, digna, merecedora de una vida feliz; una identificación proyectiva que psíquicamente me había abierto la puerta de la afectividad sensual.

 

Hasta aquel momento, como para todas las niñas, mi modelo masculino de referencia había sido mi padre pero, por tanto que le quisiese bien, no era precisamente satisfactorio, ni fiable, porque no obstante fuese una persona bondadosa, la suya dificultad de vivir me llenaba de ansia, de inseguridad y de responsabilidades más grandes para mi edad, así que en el profundo de mi psique me había creado una figura paterna imaginaria que resumía en si todas calidades, las virtudes y, ante todo el cariño y las atenciones de las cuales tenía una grande necesidad.

 

El cazador del Missouri me había parecido guapo, heroico, cariñoso y alegre, mas con un no sabe que de salvaje, de fuerza de la naturaleza… existía verdaderamente un hombre así, no era solamente una imaginación fantástica que vivía en mi corazón y en mi alma de niña en un riguroso secreto, vagamente provocador de un sentimiento de culpa, absolutamente inaccesible que no dejaba filtrar nada de su fantasmagoría interior que compensaba una profunda mortificante soledad afectiva.

 

¡Cuando se dice que el maestro aparece cuando el alumno está listo! A la salida del cine, unas horas después la entrada, me había convertida en otra niña más madura, más segura de sus sentimientos, de su pensamiento, del su serse confirmada; me había liberado de golpe de la dependencia psicológica de la figura paterna, sea real, física que la imaginaria. No era más el padre mi referencia masculina, más bien un personaje sin nombre, un caballero sin mancha y sin miedo que quizás, un día habría encontrado de carne y hueso.

 

Mi madre era la verdadera dura de la familia y la vida con ella no era precisamente fácil, por lo tanto había tenido necesidad de una energía sobrenatural para no sucumbir: mi mamá ideal, creada, querida y nutrida en el fundo de mi corazón y de mi mente era nada menos que una Hada que querría mi bien, mi felicidad, que querría a mí, me entendía y me apreciaba así como yo era. Sabía cómo consolarme, no solamente, mas con la varita mágica simbólica, cuando menos lo esperaba, daba origen, materializaba acontecimientos, esperanzas para mí muy positivas, evolutivas y también con la capacidad de entenderlas.

Seguramente aquella Navidad del 1952 había sido obra suya, de su voluntad que había actuado tramite la acción física de la tía sobre el plan encarnado.

 

Mi mamá Edvige se portaba con mí más o menos como la madrastra de Cenicienta, no para maldad, sino por la dureza de la vida que ella también sufría: barra, trabaja, pongate a cabizbajo, obedezca; no puedes ser, ni hacerte mejor que mí; de todos modos era una lucha abierta porque yo reaccionaba, no sufría pasivamente. Mi mamá fantástica todo lo contrario: florece, abras a la vida, manifiesta tus talentos, toma consciencia de tu valor. Sobre el plan físico, obviamente, mi autoestima estaba bajo cero; en el plan interior, del alma, me sentía un ángel del cielo, llegado en aquel ambiente terrestre no se sabe porque, ya era allí y tenía que avenirme a razones.

 

¡La mamá que me había traído al mundo, largo muchos años, hasta cuando yo era pequeña, repetía que yo, su hija, no le parecía para nada, que por ella nada había tomado, así que, si no hubiera yo nacido en casa, sino en el hospital, ella habría tenido más que fundadas sospechas que le hubieran dado otra recién nacida y, no la parida por ella!

Por cuanto cruda y no afectuosa pudiese ser esto suyo convencimiento, un fundo de verdad la tenía: yo era una distinta sea en la familia que en la constelación familiar en su conjunto, a pesar de que vivía en el mismo ambiente y hubiese tenido la misma socialización, esta diversidad se había manifestado de pronto sea biológicamente que intelectualmente. Era el clásico patito feo, constreñido en vivir junto a una especie que no era la suya originaria.

 

No obstante los teóricos de la reencarnación afirmen que la madre se elige, quien sabe porque había elegido la mía que ha determinado el planteamiento de la vida que después he vivido. ¿Fue un error, ab initio, o bien fue una elección consciente porque, en el camino de la evolución de mi consciencia, tuviera precisamente que aprender, experimentar aquella clase de relaciones, encontrar el punto de equilibrio y de conciliación entre la tierra y el cielo, entre cuerpo físico y cuerpo inmaterial del alma y del espíritu?… no sé, no lo tengo aún claro del todo.

En cada caso, ha sido la relación más importante de mi vida, hasta el encuentro con el hombre que se convirtió en mi marido, pero yo tenía ya 35 años. He entendido con el tiempo que, a pesar de todo, la suya destructividad respecto a mí, o quién sabe en razón de ella, había representado un poderoso estimulo en reaccionar a los obstáculos, las adversidades y desarrollar una fuerza y una voluntad de vida y de conocimiento seguramente no comunes.

Quién sabe, cuando también yo habré dejado la “túnica de carne” y seré puro conocimiento en el extra-físico, en el más allá, quizás me será consentido conocer la respuesta a esa pregunta; y ahora unas gracias a la Vida, a mi mamá a la cual sigo queriendo, aunque se murió hace 17 años, a la hada amparadora que también hoy me ten por las manos.

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